"Nosotros predicamos a Cristo crucificado." No predicamos la teoría del Evangelio, ni una explicación del poder del Evangelio o su modo de operar, sino Cristo y su cruz. La cruz es el centro de toda proclamación evangélica que es guiada, aprobada y usada por Dios. Todo mensaje debe conducir a la cruz o fluir de ella.
"La cruz de Cristo" no es simplemente una expresión alternativa para "la muerte de Cristo." Es de la mayor importancia tener presente la diferencia. "La cruz de Cristo" hace mucho más que expresar el hecho del amor infinito de Dios al hombre en la muerte de su Hijo. La cruz deja expuesta la enemistad del corazón humano en contra de Dios, y hace saber la imposibilidad de los esfuerzos humanos para superar el abismo que separa el hombre natural del Dios santo.
La frase "la palabra de la cruz" se interpreta en la afirmación del apóstol: "Predicamos a Cristo crucificado." No es Cristo sobre la cruz, sino Jesucristo y éste crucificado; es decir, el Cristo vivo, exaltado, glorificado, pero que una vez fue crucificado.
El gran adversario de Dios ha planificado su mayor parodia o burla del Evangelio de manera que se presente a la humanidad bien sea un Cristo en una cuna o sobre una cruz. El que presenta el fiel predicador es un Cristo vivo, un Príncipe y Salvador. Ciertamente es el resultado de su encarnación y muerte expiatoria, pero enfáticamente un Señor resucitado y exaltado que puede salvar perpetuamente, y puede ser recibido por fe como Señor de la vida además de Salvador del alma. Es especialmente necesario que el mensajero proclame constantemente que el cuerpo de Cristo fue levantado de la muerte, y que emplee el testimonio de las Escrituras para declarar esta verdad fundamental.
Es esencial llevar en mente que el Evangelio declara a Cristo como Señor además de Salvador. Salvador lo es, por seguro, pero veamos cómo las Escrituras testifican de él:
Las Escrituras no endosan una invitación nuestra a que los oyentes simplemente reciban a Cristo como su Salvador. Cristo es Dios, Juan 1.1; es el Creador, 1.3,10; es Vida y Luz, 1.5,8; es el unigénito Hijo, 1.18; es el que tiene derecho a los hombres, l.11. Cuán necesario es, entonces, aclarar que la regeneración, que viene por recibir al Hijo de Dios por fe, involucra el reconocimiento de que Él es el Señor.
La cruz echa su solemne luz sobre la condición natural de todo hombre y el peligro que corre a causa del pecado. La muerte de Cristo se yergue por todo tiempo y por la eternidad como testigo al carácter y consecuencias del pecado. La debida consideración de esto nunca fue más necesaria que ahora en nuestro tiempo cuando corren fuertemente las nociones populares que influyen a uno a minimizar el carácter del pecado y confiar en los impulsos las naturales del corazón humano. Esta necesidad de reconocer cómo es el pecado en los ojos de Dios es sólo el paso preliminar a una presentación adecuada de la santidad de Dios para castigar el pecado y la gracia suya manifestada al culpable.
En una de aquellas series de verdades fundamentales de la fe que encontramos esparcidas a lo largo de la primera carta a Timoteo, el apóstol declara que "Dios ... quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad." Sí es correcta la traducción quiere; indica un buen deseo y no un mandato. No hay escritura alguna para indicar que Dios ha establecido que todos van a ser salvos. Hay pasajes, por cierto, que establecen lo contrario.
El predicador no tiene razón al proclamar a todos que Cristo murió en su lugar. Considere mi lector lo que involucra una afirmación en este sentido. Si Cristo murió en el lugar de un pecador no renacido, indiferente a las demandas de Dios y endurecido en el pecado, la tal persona puede entender, si acepta lo que el predicador está diciendo, que está libre ya de juicio porque Cristo murió en su lugar. Esa persona no ocuparía el lugar que le corresponde, porque Cristo lo ocupó. Sólo la fe puede decir, "El murió por mí."
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