Los últimos versículos del capitulo 11 de Génesis traen delante de nosotros cuatro personas típicas, o sea, representativas de la gran familia humana:
Ahora, amado lector, una pregunta íntima: ¿en cuál de estos grupos te encuentras incluido? ¡Examina la senda de tus pies! Proverbios 4.26
Las Sagradas Escrituras dicen muy poco acerca de Harán, hijo de Taré y hermano de Abram; pero lo poco que dicen es altamente significativo: "Murió Harán … en la tierra de su naturaleza, en Ur de los Caldeos." Allí nació, vivió y murió. El horizonte de su vida no se extendía más allá de las montañas de Ur. A cierta distancia estaba la tierra que "fluía leche y miel," Canaán, y las promesas de dulce comunión con el Dios Eterno. Pero nada de esto interesaba a Harán. ¿Para qué preocuparse por estas cosas? ¿No había nacido él en Ur de los Caldeos? y era muy lógico que debía de vivir y morir allí, en la tierra de su naturaleza. ¡Lástima grande que en este presente tiempo, muchos, preciándose de sabios, racionan de igual manera!
Harán, con su religión tradicional, sus fríos y mudos dioses de barro, sin una mejor esperanza, sin deseo alguno de ser librado de aquella atmósfera viciada, vivió y murió en "la tierra de su naturaleza." ¡Infructuosa vida, triste y desgraciada muerte!
La condición de los indiferentes no es mejor que la de Harán. El indiferente es el tipo del hombre degenerado, el hombre en "devolución," el "eslabón perdido". Para el indiferente importa muy poco el triunfo de la verdad o del error, de la justicia o de la injusticia, de la virtud o del vicio. Indiferente a todo aquello que no sea el "yo", es incrédulo en su fondo, su lema es: "Comamos y bebamos que mañana moriremos."
¿Tiene el indiferente religión? Si: la religión de la "tierra de su naturaleza." En ella vive y muere por la sola razón, para él convincente, de haber nacido, en esa. Para el indiferente la conveniencia ocupa el lugar de la razón, y el beneplácito del mundo el de los dictados de la conciencia.
Querido lector, despiértate para ver tu condición. Examina la senda de tus pies, recordando que "hay camino que al hombre parece derecho; empero su fin son caminos de muerte." La Escritura nos dice que "hemos nacido en pecado," que somos "por naturaleza hijos de la ira." Deja, pues, la tierra de tu naturaleza y ven a Jesús, "en el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados por las riquezas de su gracia."
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Baruc lee la Ley, Jeremías capítulo 36 |