La muerte del niño

2 Samuel capítulos 12 y 18

El asunto de qué sucede a los niños cuando mueren ha sido uno de especulación desde hace siglos. Los paganos creen que los niños vuelven a este mundo en forma superior o inferior, como hombres o como animales, según les plazca a los espíritus de los dioses de aquéllos. Los católicorromanos tienen ideas igualmente fantásticas, fundadas sobre la imaginación de hombres. Al fin, éstas llegan a formar parte de su credo.

Se imagina un lugar en el mundo de los espíritus llamado limbo, y el título que libra el alma de ser arrastrado allí por los demonios es el de ser niño rociado con unas gotas de agua al son de palabras en latín y de los bolívares que caen al bolsillo del cura. Ya, según esa superstición, el niño ha sido limpiado de pecado original y no está en peligro de ir a ese lugar de triste obscuridad. En cuanto a estar seguro de gozar en el cielo con Dios, parece que los amigos católicorromanos nunca la pueden tener.

Lleguemos a considerar lo que nos dice la Biblia, la Palabra de Dios. Sabemos que Él no miente ni se equivoca, y que "toda Escritura es divinamente inspirada."  Es el mismo Dios que nos habla.

En el capítulo 18 de San Mateo leemos que el Señor Jesús llamó a sí un niño y lo puso en medio de sus discípulos para así enseñarles la lección importante de la humildad. De los tales Él dijo: "Ven siempre la faz de mi Padre que está en los cielos." ¿Por qué tienen ellos esta dicha? "Por el bautismo," dice el católico. Pero Jesús dice: "Porque el Hijo del Hombre [Cristo] ha venido para salvar lo que se había perdido."

Jesús no negó que el niño tiene pecado, ni tampoco surgió que ese pecado podría ser limpiado por alguna ceremonia. A la vez dio seguridad, pero sólo por su obra de redención, de la salvación y dicha del que muere en la niñez.

Pero, ¿qué en cuanto a los que llegan a los años de responsabilidad personal? ¿Serán salvos ellos solamente por el hecho de que Cristo murió una vez por los pecados?  Sí, y no. Podrán ser salvos por virtud de esa obra, y por ninguna otra cosa. Pero, ya como personas responsables, están en la obligación de arrepentirse y creer en Cristo, de convertirse a Dios. El Espíritu de Dios convence a los tales de pecado, para conducirles al arrepentimiento y hacerles confiar del todo en la sangre preciosa de Cristo.

[ Hemos señalado ya que Jesucristo dijo, refiriéndose a los niños, que Él había venido para salvar a lo que se había perdido. Dijo algo parecido, pero marcadamente diferente, en el contexto del adulto Zaqueo. (San Lucas capítulo 19) Dijo: "El Hijo del hombre vino (1) a buscar y (2) a salvar a lo que se había perdido." ¿No ve? Para la persona ya responsable de sus hechos, hay esa necesidad que sea encontrado, cual Zaqueo, en reconocimiento de su condición de perdido. ]

De esto tenemos abundantes pruebas en las Escrituras, como también en lo que sucede hoy día. ¿Quiénes eran los verdaderos cristianos de los días apostólicos? Los que se arrepintieron y fueron convertidos a Dios. El lema del apóstol Pablo era (1) el arrepentimiento para con Dios, y (2) la fe en Jesucristo.  ¿Quiénes son los que hoy día caminan hacia el cielo? Los que han entrado a ese camino por medio de la conversión a Dios.

El rey David perdió un hijo en la niñez, y otro ya mayor. David, por tener el perdón de sus pecados, sabía que iba él mismo al cielo. De manera que, antes de morir el niñito (2 Samuel capítulo 12), él lloró y clamó a Dios por su preservación. Pero, muerto la criatura, no lloró más. Al contrario, dijo: "Para qué tengo que ayunar? ¿Podré yo hacerlo volver? Yo voy a él; mas él no volverá a mí."

Cuando murió Absalom, el caso fue muy diferente. (Capítulos 18 y 19) David lloró desconsoladamente, diciendo: "Hijo mío Absalom, ¡Absalom hijo mío!" Bien sabía que ese ser responsable había muerto en sus pecados. Y usted, ¿cómo morirá? Acuérdese que Cristo le busca y quiere salvarle.

La muerte de Urías, 2 Samuel 11.15

De un cuadro flamenco


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