La carta mal dirigida

2 Reyes capítulo 5

Siglos atrás vivía en una ciudad del Oriente un oficial militar de rango muy alto. El rey le tenía en gran favor, y sólo el monarca en el trono era mayor que el estimado general. No había en sus días otro soldado de mayor valentía que éste que era reconocido como el libertador de su pequeño país que, en la mano de Dios, había logrado echar de sí el yugo de un enemigo extranjero. Y, a diferencia de muchos militares de alto rango, era hombre de buen carácter moral. Su biógrafo afirma que era varón honorable; sus siervos se dirigían a él como "Padre mío."

Con todo, no era hombre feliz. Una enfermedad, asquerosa e incurable en ese tiempo, se había asido de él y oscurecía la vida que de otro modo hubiera sido de envidiarse.

Estando en guerrillas con una nación vecina, los subalternos de este oficial habían llevado cautiva una muchacha, cosa común entre ellos, para servir de doméstica en el hogar del general. Parece que llegó a saber que el esposo de su ama padecía de esa terrible enfermedad de la piel y un día hizo mención de un hombre que había en su país que le podría curar. Inmediatamente se hizo saber al rey, quien resolvió enseguida enviar una delegación al país de la muchacha, encabezada por el propio general enfermo. Nada se dijo de buscar al hombre que poseía el remedio.

No evitaron gasto alguno, sino reunieron una dote magnífica de oro, plata y vestidos costosos. Una compañía de caballería protegió el gran presente en el camino. Por estar demasiado enfermo para viajar a caballo, el militar fue llevado en uno de esos carros de dos ruedas que se veía en ese entonces. Además de todo esto, el rey compuso una carta de presentación al monarca de la nación vecina, empleando lenguaje algo exigente, informando que el hombre debe ser curado de su mal.

Después de tanto tiempo, no tenemos modo de saber por qué hubiese dirigido aquella carta al rey de la nación vecina. Lo cierto es que la muchacha nada había dicho de ese rey, sino habló claramente de un individuo religioso que tenía el poder de recobrar la salud de su amo. Por qué confundir ese personaje con el mandatario. No se puede explicar.

La delegación entregó el escrito y enseguida se presentó en la corte del rey una escena de asombro y confusión. El monarca se puso furioso, teniéndolo por insulto y pretexto para pelear con él. Sospechaba que significaba una ruptura de un tratado de paz que las dos naciones habían acordado anteriormente.

La cosas habían llegado a un paso serio cuando el referido profeta supo del tumulto en el palacio. Mandó un mensajero para invitar al ilustre visitante venir a hablar con él. Así lo que amenazaba ser asunto serio, terminó felizmente. El héroe de una nación agradecido halló sanidad en el país de los que antes eran sus enemigos, y a un precio mucho inferior a lo que anticipaba.

De esta historia podríamos decir mucho más, pero lo dejamos para aprender una lección, si podemos, del caso de una carta mal dirigida.

Todos los hombres están afligidos de una enfermedad mortífera, llamada en las Escrituras el pecado. Está en nuestra naturaleza por herencia, y si no se encuentra un remedio, debemos todos sin excepción morir miserablemente en nuestra corrupción.

Pero, ¿dónde se puede encontrar alivio, o quién nos puede curar de una plaga tan asquerosa? ¿Iremos a algún hombre pecador, algún cura tal vez, que se autoestila especialista en la materia? No. Tendríamos que decirle primero, "Médico, cúrate a ti mismo." El mismo es pecador; es parte del problema y no de la solución, y no pocas veces lo deja entrever aun a sus prójimos.

¿Debemos, entonces, dirigir nuestros ruegos a María, la piadosa madre de Jesús? ¿Tendrá aquella dama difunta el bálsamo supremo con que curar un alma enferma por el pecado? Oiga su feliz confesión en Lucas 1.47: "Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador." De manera que ella, como cada uno de nosotros, debe tener un Salvador. Mal podría salvarnos a nosotros cuando no podía salvarse a sí misma.

¿Pueden salvarnos los apóstoles, los profetas o los santos en gloria? ¿A cual dirigirnos? A Pedro no, ya que su prédica en Hechos 4.12, es, refiriéndose al Señor Jesús: "En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos." Pablo tampoco tiene en sí la solución, como él mismo reconoció en 1 Timoteo 2.5, pero a la vez nos indica dónde la hay: "Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre." El apóstol Juan señala al mismo único, todopoderoso, dispuesto Salvador: "Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo," 1 Juan 2.1.

Terminamos con una profecía en cuanto a Jesús, una invitación a usted, anunciada siglos antes de estos tres señores: "No hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ninguno fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque Yo soy Dios, y no hay más," Isaías 45.21,22.

Pedro con red y llaves

Coverdale,
impreso por Crom en Amberes


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