La destrucción de Sodoma


Lot huye de Sodoma con sus hijas. Su mujer mira atrás. Lot, el sobrino de Abram, partió de Ur junto con él. Por varios años los dos vivieron en Canaán, pero por fin hubo una separación, pues Lot veía la distancia la llanura del río Jordán. Despidiéndose de su tío, fue con su gente y ganado hacia aquel valle, como leemos en Génesis capítulo 18 y 19.

Han transcurrido unos veinte años desde la separación de las dos familias; Lot tiene hijos crecidos vive con ellos en la misma ciudad de Sodoma. Abraham vive en Canaán todavía, apartado de las gentes malas, contento con su carpa de peregrino y su altar donde sirve al Dios verdadero.

Al mediodía, tres mensajeros celestiales llegaron a la carpa de Abraham, donde reposaron y comieron el buen almuerzo que les preparó éste y su mujer. Uno de ellos es el mismo Señor, quien advierte a Abraham que el pecado de Sodoma ha aumentado de tal manera que Él tendrá que destruir la ciudad con todos sus moradores. Inmediatamente Abraham se acuerda de Lot e implora la misericordia de Dios a su favor.

Es la tardecita ya cuando dos ángeles llegan a las puertas de Sodoma. Al verles, Lot se levanta a fin de invitarles a su casa. Se nota que no tienen deseos de aceptar la hospitalidad de éste, pues no debe haber estado viviendo en una ciudad tan malvada, pero acceden a su petición y entran la casa a comer y descansar.

Rápidamente se esparcen las noticias de la llegada de estas visitas extrañas, y un gentío bullicioso se junta frente a la casa. Gritan palabras feas, exigiendo a Lot que haga salir a los hombres, enojándose sobremanera cuando no cumple con su demanda. Los ángeles alargan la mano, meten a Lot en la casa, hiriendo a los malvados con ceguera de tal manera que no pueden hallar la puerta. "¿Tienes aquí alguno más?" preguntan los varones a Lot. "Saca todo lo que tienes, porque vamos a destruir este lugar." Apresuradamente Lot va donde sus yernos con el fin de darles esta noticia, pero éstos se ríen de él y tiene que volver solo a su casa.

Temprano, antes que salga el sol, los ángeles despiertan a Lot, su mujer y sus dos hijas. Puesto que ellos no se apuran, los varones les toman de la mano y a viva fuerza les sacan de la casa. Pasan por las calles desiertas hasta la puerta grande en el muro donde se detienen un momento para decir, "Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni paras en toda esta llanura." Emprenden el viaje, pero de repente sucede una cosa espantosa; la mujer de Lot mira atrás desobedeciendo el mandato del Señor, y es convertida en monumento de sal. Muchos de los habitantes de Sodoma posiblemente dormían cuando repentinamente cayó fuego y azufre del cielo y así perecieron los malvados.

A los inconversos Dios advierte: "Por lo cual teme, no sea que en su ira te quite con golpe, el cual no puedas apartar de ti con gran rescate." ¡Gracias a Dios! nadie tiene que perecer porque el Señor Jesucristo soportó la ira en la cruz, y todo lo que acudiere a Él será salvo. "Acordaos de la mujer de Lot," dice Jesús, pues fue casi salvada y sin embargo pereció.


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