Agar e Ismael

Agar con Ismael. La historia que narramos a continuación está relatada en Génesis capítulos 16 y 21. Cuando Abraham salió de Ur de los Caldeos, creía que Dios le daría hijos, de manera que sus descendientes llegarían a ser una nación grande. Sin embargo, transcurrieron muchos años sin que la promesa del Señor se cumpliese, por lo cual Abraham se quejaba ante Él, manifestando que al morir tendría que dejar sus bienes a su mayordomo. "No te heredará éste," contesta el Señor. Sacándole fuera al patriarca a fin de que ver los incontables millares de estrellas, le dice, "Así será tu descendencia."

En el tiempo que Dios había dicho, nació el hijo, al cual Abraham puso el nombre de Isaac, que quiere decir risa. ¡Cuán felices tienen que haberse sentido los padres al ver el cumplimiento de la promesa divina! Cuando Isaac nació, vivía en el mismo hogar Agar, la sierva de Sara. Su hijo, Ismael, tenía catorce años. Unos tres años más tarde Abraham hizo una gran fiesta para su hijo Isaac, a la cual invitó a todos los familiares.

Seguramente estaban muy contentos tanto los convidados como los padres, con excepción de Ismael quien de mal humor se divertía burlándose de Isaac. Sara se fija en la mala conducta del hijo de la sierva, y llamando a su marido, exige que eche fuera de la casa a Agar e Ismael. Abraham se siente triste, pues quiere mucho a Ismael, pero Dios, quien siempre está cerca de sus hijos para guiarles, le aconseja que los despida.

Si bien es cierto que Abraham tiene que despachar a la sierva y su hijo, no menos cierto es que lo hace con cariño, pues levantándose temprano por la mañana, les entrega comida y agua para el viaje que deben emprender. No hay caminos, sino que tendrán que andar a pie por los áridos desiertos. ¡Pobre mujer y pobre hijo! Los dos sufren las consecuencias de sus pecados, pues al igual que Ismael se burló de Isaac, tiempo atrás Agar se había portado mal con su señora, Sara.

Es cuadro conmovedor contemplarlos; parecen tan pequeños e indefensos mientras vagan errantes, sin casa, y sin quien los cuide. No encuentran oasis, se les termina el agua que llevaban en un odre, de modo que la madre, desesperada, deja al niño debajo de un árbol. Dice dentro de sí, "No veré cuando el muchacho muera," y sentándose a corta distancia, se pone a llorar.  

Si Dios dijo a Abraham que despidiera a Agar, no fue porque quisiera que ella muriera, pues Él desea que todos los seres humanos sean salvos. Aun cuando Agar está inconsciente de su presencia y cuidado, su oído está atento a la voz del niño. Cuán grata la sorpresa de Agar al sentir la voz del ángel de Dios, quien le dice, "¿Qué tienes, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está. Levántate, alza al muchacho, y sosténlo con tu mano, porque yo haré de él una gran nación."

Entonces Dios le abre los ojos, de modo que ella ve una fuente e agua, y levantándose, va, llena el odre y da de beber a su hijo. Bajo a bendición del Señor, Ismael crece y llega a ser el padre de las naciones árabes.

La condición de Agar e Ismael ilustra la del pecador, pues éste por su pecado está privado de la gloria de Dios; Romanos 3.23. Al igual que los personajes de la historia vagaban por el desierto, los niños no salvados se han descarriado como ovejas, apartándose cada cual por su camino. Sin salvación, perecerán en sus pecados, pero el Salvador, con oído atento, escucha acaso alguien implore su perdón y misericordia. Se deleita en abrir los ojos a los ciegos, haciendo comprender al pecador que hay abundancia de agua viva. A nosotros Jesús dice, "Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás."


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