Antaño, antes que la Biblia fuese completada, Dios hablaba a los individuos por sueños o por visiones, como leemos en los casos de Faraón, Nabucodonosor, José, María, etc. En Génesis capítulo 28 leemos de un sueño maravilloso por el cual Dios habló personalmente a Jacob.
Como era de esperar, Esaú se enojó sobremanera con su hermano Jacob a causa de su engaño en el asunto de la bendición paternal. Mientras más meditaba sobre lo que le había sucedido, tanto más se enojaba, hasta el extremo de tramar su muerte. Al enterarse de esto, Rebeca arregla con Isaac la forma de enviar a Jacob donde Labán, el hermano de ella.
De manera que, despidiéndose de sus padres, Jacob parte de la casa, pero su viaje es muy diferente del que hiciera Eliezer, pues, aun cuando es por las mismas sendas peligrosas, deberá hacerlo solo. Mientras camina todo un día, en su rostro serio se reflejan los pensamientos que cruzan por su mente. Aun cuando él no lo sabe, Dios lo contempla con el objeto de bendecirlo.
Viendo que el sol ha de ponerse, Jacob, cansado y triste, toma una piedra que en seguida pone por cabecera, y tapándose con su ropa, se acuesta. Al quedarse dormido, comienza a soñar con una escalera que, apoyada en tierra, llega hasta el mismo cielo, por la cual suben y bajan muchos ángeles, mientras que Dios lo mira desde lo alto de ella. En este sueño Dios le habla, renovando las grandes promesas que anteriormente había hecho a Abraham e Isaac; Génesis 22.17, 26.24, 28.14. Además de esto, Dios asegura a Jacob que le acompañará a fin de protegerle en su viaje.
No obstante el hecho de que Jacob ha conseguido el perdón de su padre, él teme que a lo mejor Dios le ha abandonado; de modo que al despertarse y pensar en su sueño, se siente asustado, pues ha estado en la presencia del Santísimo. Se admira de la grandeza de las promesas de Dios, y siendo él tan indigno de ellas, dice dentro de sí, "¿Qué haré? pues no tengo ningún sacrificio para Jehová."
Tomando entonces la piedra que le ha servido de cabecera, la levanta como monumento y derrama aceite encima de ella. Jacob, que no se olvidará de este lugar, lo llama Bet-el, que quiere decir, "la casa de Dios." La palabra "si" en el versículo 20 puede traducirse "puesto que," así lo que él dice es "puesto que Dios irá conmigo y me guardará. Jehová será mi Dios ... y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti."
De las experiencias vividas por Jacob, ¿acaso no se desprenden lecciones para nosotros? Pues mientras éste camina por el desierto nos es figura del pecador que vaga en sus pecados, descontento y temeroso de morir. De la escalera aprendemos que hay un camino que conduce al cielo; el lector se acordará de Juan 14.6, donde Jesús afirma, "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí."
Una escolta de ángeles sirve a los santos; Hebreos 1.14 dice que "son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación." El pecador que se convence de su pecaminosidad confía en el Señor Jesús, llega a gozar de la compañía y protección Dios, convirtiéndose en su adorador, como sucedió en el caso de Job.
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