Pedro, el guardafaro

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Un miedo repentino se apoderó del corazón de Pedro al ser despertado por la violencia del viento. Inmediatamente él pensó en su padre y los otros pescadores en el mar.

Parecía imposible que una tormenta tan feroz pudiera haberse levantado en tan pocas horas, pues la noche anterior en esta isla de las Filipinas había sido hermosa y tranquila. Fue anoche no más que Pedro, reemplazando a su padre en las faenas, había subido por la escalera del alto faro, y se había gozado viendo la extensión de agua que le parecía interminable.

"¡Chita! que estoy contento porque tenemos esta potente luz," Pedro se había dicho. "Ayuda tanto a los pescadores." El faro le hizo recordar un himno que cantaba en la escuela dominical, y él empezó a entonar:

Muchas almas viven en la oscuridad,
¡Dadles luz! ¡Dadles luz!

Unos pocos meses antes Pedro había aceptado al Señor, reconociendo que era pecador y que sólo en Jesús había salvación. Ahora podía brillar por su Salvador, y por lo tanto el himno llegaba a su corazón.

Estando arriba en el angosto mirador que circundaba el faro, se detuvo para mirar al noreste, hacia la tierra de China. Después miró hacia el pueblo. Al pie del faro estaba su casa de bambú y pasto, apoyada en cuatro palos. Agrupadas cerca se encontraban las otras casas de la pequeña aldea.

La mirada de Pedro se detuvo en una casa, la de su tío Jorge, ubicada en las afueras de la aldea, y él suspiró al decir, "¡Oh, que pudiera ser una luz para guiar a mi tí a Jesús! Él es uno de los que andan en la oscuridad. El otro día me dio que ni sabía si acaso existió jamás una persona como Jesucristo."

"Bueno, debo apurarme y poner el aceite en la luz." Entró en el cuarto, midió el aceite y se aseguró que el farol estaba listo para alumbrar a la hora indicada. Luego descendió por la misma escalera, pero esta vez con las espaldas vueltas al edificio.

"¿Cómo te atreves a hacer eso, Pedro?" le preguntó Valentino, su hermano menor. "¿No tienes miedo?"

"Claro que no, Tino. Es fácil; yo conozco bien esta escalera." Puesto que no quedaban más tareas que hacer, Pedro se dirigió a la playa a ver si podía tomar algunas jaibas o tortugas de mar. Cuando empezó a oscurecer, él corrió hasta su casa.

"¡Hola, aquí viene Pedro el religioso!" le gritó de adentro una voz gruesa. Era el tío Jorge, un caballero joven y alegre, a quien Pedro quería mucho.

Le dolían las burlas, pero siempre respondió: "Buenas tardes, Tío."

Sentado en la puerta, Pedro agachó la cabeza y oro: "Señor, Tú sabes que yo le hablo a mi tío acerca de la salvación porque le quiero y deseo que sea salvo. Te pido que le ayudes a entender; que llegue a amarte. Ayúdame a ser una luz para ti. Amén."

Tan ocupado estaba Pedro con sus propios pensamientos que él no se fijó en una figura que se acercaba, hasta sentir una voz fuerte que decía: "¿Qué tal, Juan? ¿Va a salir esta noche?"

"Pienso que sí, Berto. Está tranquilo el mar," contestó el papá.

Cuando los hombres habían abandonado la casa, Pedro y sus hermanos menores se acostaron, pero cuatro horas después Pedro se despertó sintiendo un fuerte ruido. Se enderezó y trató de entender de dónde venía. Mientras escuchaba, palideció: "Es una tempestad -un tifón- y los botes." Le salían las palabras entrecortadas.

Sentado en la oscuridad, con el ruido ensordecedor del tifón envolviéndole, Pedro oró por su papá, su tío Jorge y los otros pescadores. Al terminar, encontró a su mamá inclinada sobre él.

"Pedro, quiero que tú cuides de tus hermanos un poquito."

"¿Por qué, Mamá? ¿Adónde vas?"

"La luz del faro se ha apagado. Tengo que subir a prenderla."

"¡No, Mamá, no! Soy yo que tengo que ver con la luz," exclamó Pedro.

"Es otra cosa en medio de un tifón, hijo," advirtió ella. "El viento te puede botar."

"Jesús me ayudará; Él me acompañar," contestó el joven.

"Tienes razón, hijo mío," accedió su mamá. "¡Pero ten cuidado!"

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Pedro no demoró en darse cuenta de la furia de la tempestad. Una ráfaga de viento casi le botó de las gradas de la casa. Era primera vez que se encontraba afuera en un tifón. De repente sintió un tremendo estruendo cuando cayó una palmera cerca del río. ¡Brum! un bulto negro pasó volando, estrellándose contra los postes de la casa. La lluvia le azotaba con tanta fuerza que le dolía. Pedro se encorvó tratando de avanzar hacia el faro, pero la fuerza del viento le quitó la respiración, y al llegar a su meta temía que ni él ni su mamá serían capaces de subir.

"Me botará, o puede derrumbarse el mismo faro y aplastarme," pensó. Pero en eso se acordó de los pescadores; sin la luz ellos podrían ser llevados mar adentro y perecer.

"Confío en que Jesús me ayudará," se dijo, y empezó a subir paso a paso. Apretándose contra el faro, se animó cantando:

Muchas almas viven en la oscuridad,
¡Dadles luz! ¡Dadles luz!

Casi le botó un gancho grande, arrancado de algún árbol. Castañeteaban los dientes de temor y frío, pero él siguió avanzando. ¡Su mano tocó la baranda del mirador! "Gracias, Dios," susurró, "ahora ayúdame a encontrar el farol."

Halló la puerta y una vez adentro prendió la luz. Bajó más rápido, pues la luz le ayudaba, y al llegar a casa su mamá le abrazó. Ahora a esperar y orar, pero luego Pedro, agotado, quedó dormido.

El próximo día pasaron muchas horas sin ningún cambio en la tormenta, pero por fin en la tardecita empezó a disminuir. Pedro corrió al faro, sorteando ramas desgajadas y charcos de barro. A toda prisa subió y examinar el mar hasta donde alcanzaba la vista. Pero no, todavía no se veía nada.

Dentro de poco rato volvió, y esta vez le pareció divisar una puntita negra en el horizonte. "Puede que sea un tronco no más," se dijo. Miró de nuevo, agudizando la vista. Sí, había algo allí: otra puntita negra, y otra, y otra. ¡Los botes venían!

Luego al desembarcarse todos comentaban como la luz había brillado tan fuerte durante la noche. "Sin la luz," dijo don Roberto, "habríamos ido mar adentro, o nos habríamos acercado demasiado a la costa e ido a pique en las olas."

"Nos desesperamos cuando se apagó la luz. ¿Quién subió para prenderla otra vez?" preguntó Papá.

"Yo, Papá, pero Dios estuvo conmigo," contestó Pedro.

El tío Jorge había guardado silencio pero en su cara se notaba una seriedad excepcional. "Pedro, me he burlado de ti, pero ahora me doy cuenta de lo que tú tienes es verdadero, ya que pudiste escalar ese faro en un tifón. En el bote yo comprendí que sin esa luz me perdía. No estoy listo para morir, y no pudo olvidarme de como tú dices que Cristo es la luz del mundo. ¿Quieres explicarme otra vez cómo puedo ser salvado?"

"¡Cómo no, Tío Jorge!" contestó Pedro, su cara radiante de gozo.


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Creado el 18/01/03

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