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El cuento
Cristina era una niña traviesa. Le gustaba bromear con sus amigas, quienes le querían mucho. Siempre tenía una sonrisa y todos la encontraban simpática.
A la edad de dieciséis años, Cristina fue internada en un colegio de la capital. Ya que no tenía permiso para ir a casa sino una vez cada tres meses, su familia no la veía mucho.
Tocó en una oportunidad cuando Cristina estaba en casa durante las vacaciones que llegó el día de su cumpleaños. Su mamá invitó a algunas de sus antiguas amigas a celebrar la fecha con una fiesta en su honor.
Algunas de sus amigas no la habían visto en meses y por tanto le hacían preguntas sobre su vida en el colegio. Luego de charlar largo rato, la señora Adela, mamá de Cristina, llamó a todas para que se sirvieran de los ricos dulces que había preparado. En la mesa, parecía que todas las chiquillas se reventaban por contar algún dato importante de su vida. Hacían memoria de sus diabluras que habían hecho años antes cuando jugaban juntas.
"¿Y te acuerdas, Cristina, cuando inventamos esa historia en cuanto al carpintero que vivía a la vuelta?" preguntó Marta. "¿Te acuerdas cuando los carabineros nos preguntaron mucho acerca de la madera?"
"Claro, me acuerdo," contestó Cristina. "Y después desapareció el caballero. No le vimos más. Quizás qué le pasó."
De repente, la alegría reinante en la mesa terminó, pues todas las niñas volvieron la cara para mirara a la señora Adela. Justamente cuando las niñas hablaban del caso, ella venía entrando por la puerta del comedor y escuchó la conversación de Marta y Cristina. Ahora estaba pálida, haciendo un gran esfuerzo por mantener el equilibrio.
"¿Qué dijeron ustedes?" Su voz era débil y ella temblaba. "Ustedes inventaron esa historia de haber visto al carpintero sacando madera del sitio del vecino? ¿Esa fue una historia inventada no más?"
Como si no tuviera mucha importancia, Cristina contestó a su mamá: "Sí, claro, nosotras en verdad no vimos nada. Fue un cuento, porque él no nos dejaba jugar frente a su taller." La señora tomó asiento, pues al saber esto le dio fatiga. Nadie comía; todas esperaban una explicación que enseguida ella dio en forma detallada.
Los padres de las niñas, creyendo la mentira de sus hijas, dieron cuenta del supuesto robo a la policía. En verdad, alguien robaba al vecino su madera y todo concordaba porque, ¿quién necesitaría madera más que un carpintero?
Cuando los carabineros vinieron a averiguar, las niñas afirmaron que sí, le habían visto. Lo dijeron por vengarse del pobre anciano.
Señora Adela casi estaba llorando cuando llegó a la parte donde contó que se llevaron al carpintero preso, acusado de ser ladrón de madera. Él protestó su inocencia pero fue en vano, pues le pusieron en la cárcel. El pobre carpintero sufrió por el falso testimonio de niñas mentirosas.
Ellas no querían causarle ningún problema, pero su mentira arruinó la vida de un hombre bueno y tranquilo.
María y Cristina quebrantaron la ley de Dios que dice: "No dirás falso testimonio." Por si alguien piensa que la mentira es poca cosa, advierte: " ... y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre que es la muerte segunda," Apocalipsis 21.8. Dios aborrece la mentira por cuanto Él mismo es Verdad.
Fue el falso testimonio de hombres malos que llevó al Señor Jesucristo a la muerte, y la mentira continúa causando mucho sufrimiento en el mundo hoy día. Es tan fácil mentir que no cuesta nada. Cuando uno miente, tiene que seguir contando mentiras más grandes para tapar las anteriores.
Los que tienen a Cristo como Salvador no deben practicar la mentira. No deben mentir a los padres, ni a los hermanos, ni a los compañeros, ni a los profesores. "El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen mentira."
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Creado el 15/02/03
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