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El edificio rojo
"Ven, Margarita, ¿Juguemos?" David llamaba a su hermana. El quería ir a explorar dentro de un edificio enorme que estaba a media cuadra de su casa. Lo llamaban "El Edificio Rojo" por los ladrillos rojizos en su fachada.
El edificio de más de cien metros de largo siempre había intrigado a David, pues su interior estaba lleno de vieja maquinaria, cuyos fierros retorcidos acusaban cuán feroz había sido el voraz incendio que destruyó todo años antes.
Unos mecánicos habían habilitado una parte cerca del portón principal donde arreglaban automóviles. Cerca de ese lugar, mantenían dos feroces perros policiales como guardianes.
Era domingo en la tarde cuando David y Margarita salieron a jugar. En su caminata, llegaron al Edificio Rojo, y ¡la puerta estaba abierta!. "Entremos Margarita, y veamos lo que está dentro," alentó David.
Margarita no quiso, porque tenía temor a los perros. Mas el niño, siempre aventurero se asomó, mientras Margarita le esperaba en la calle. Adentro dos mecánicos miraban a un auto, y por eso David se atrevió a entrar.
Guau, Guau, ¡Los perros! El niño tuvo un sobresalto al escucharlos. Se calmó luego de verificar que estaban amarrados detrás de una malla donde se guardaban las herramientas.
David volvió a la puerta para llamar a su hermana. Asegurada ella que los perros estaban amarrados, entró algo recelosa. Por estar tan absortos en lo que hacían, los mecánicos no se fijaron en los niños que entraron, aunque los perros ladraban enfurecidamente. Tan entretenidos estaban los dos chicos en mirar, que se alejaron mucho del portón.
De repente, hubo silencio. Los perros ya no ladraban; no se oyó ningún sonido. ¡Los mecánicos se habían ido! Desde donde estaban vieron que la puerta estaba cerrada. Margarita prorrumpió en sollozos: "Tu tienes toda la culpa," decía a David. "¿Cómo vamos a salir? Nadie sabe que estamos aquí."
Guau, Guau. Los niños quedaron de una pieza, al escuchar los ladridos. Esperaban ver a los perros atacar de un momento a otro. Con alivio, vieron que los mecánicos olvidaron de soltarlos, dejándolos en su encierro. Corrieron al portón donde habían entrado, mas la fuerza de un niño de 9 años y una niña de 5, no era suficiente para abrirlo. Sus gritos pidiendo socorro fueron escuchados por Graciela, su hermana, quien avisó al papá. Este vino corriendo para abrir el portón y así salieron los dos niños librados del peligro.
Seguramente cada niño o niña ha tenido una experiencia similar a la de David y Margarita, en que estando expuesto a algún peligro, llegó alguien para librarle oportunamente.
Los israelitas eran esclavos en Egipto, y sufrían por el maltrato de sus capataces. Dios informó a Moisés: "Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de manos de los egipcios." Exodo 3:7,8.
Satanás es como un cruel capataz. Hace sufrir por medio del pecado, a grandes y chicos. Cuánto no deseamos ser librados de una mala conciencia, de la vergüenza y del castigo eterno.
Hay Uno solo que tiene la fuerza suficiente para librar a los niños y es Cristo Jesús. La Biblia dice que él vino " ... ..para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban ... sujetos a servidumbre," Hebreos 2.14,15.
Como era necesario que el papá de David y Margarita les librara, pues ellos no podían hacerlo, así también es necesario que Jesucristo con su poder libre a los niños del poder del diablo y del pecado. Pero no puede hacer nada hasta que pongan su fe en él como Salvador y Libertador.
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Creado el 07/03/03
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