La bebida mortífera

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"¡Oh, que tengo sed!" exclamó Anita. "¡Hace tanto calor!" Y dejando sus cuadernos en la mesa del comedor, entró en la cocina. "¿No hay nada para beber, Mamita?" preguntó.

Anita era una niña de doce años, bonita y alegre, que vivía con su familia en un pueblo chico en el sur del país del Canadá. No tenía mucho tiempo para jugar, pues su mamá era alcohólica y por esto le tocaba mucho ayudar en la casa. Todos los domingos Anita y su hermano asistían a la escuela dominical en un local cercano. Allí aprendieron del amor de Dios para con ellos, que él dio a su Hijo, el Señor Jesucristo, para morir por los pecados de aquellos alumnos, y de nosotros. Cierto día Anita se arrepintió de sus pecados y aceptó a Jesús como su Salvador. Desde entonces El estaba con ella y la hacía feliz.

El día de nuestra historia fue un lunes a fines del año escolar, y ya habían empezado los calores del verano. Anita a apenas había llegado de la escuela, habiendo caminado una buena distancia, y no era extraño que tuviera sed.

Al entrar en la cocina, Anita se dio cuenta de que su mamá no estaba. "Pero seguramente puedo encontrar algo," pensó; y comenzó a buscar. Por fin encontró una botella en un cajón. "¡Qué bueno!" exclamó. "¡Mi bebida favorita! ¡Crema de menta!" Este sabor a menta le gustaba a la muchacha, y con gusto ella vació el contenido de la botella. Colocó dos cubitos de hielo y, sin demorar, la bebió toda. "¡Qué rica¡" pensó, dejando el vaso en la mesa. "Ahora debo hacer mis tareas."

Al principio todo fue bien, pero luego empezó a sentirse mal. Al llegar su mamá, le dijo: "Mamita, no me siento bien. Tengo dolor de estómago."

"Acuéstate, m'hita, y te prepararé un remedio" Pero el dolor no se calmó sino seguía peor. Cuando llegó el papá, se lo contó a él. "Quizás comió algo que le hizo mal," comentó él.

"No, no comí nada. Solamente tomé un vaso de crema de menta que estaba en la cocina," respondió la niña.

"¿Crema de menta?" preguntó la mamá, asustada. "Pero no tenemos crema de menta." Corrió a la cocina, y allí en la mesa vio la botella vacía. No había contenido crema de menta, sino aceite de pirola, una preparación que se usaba como medicamento. Muy preocupada, ella conversó con su marido: "Puede ser que le haya hecho mal tomar tanto. Creo que debemos buscar ayuda."

Así fue que el médico confirmó que el medicamento sería muy peligroso si una joven tomara una cantidad así de grande, y él recomendó que fuera al hospital de una vez. En la sala de emergencia hicieron todo posible para lavarle el estómago, etc., pero el veneno ya había corrido por todo el cuerpo. Algunas horas después, Anita murió.

¡Qué equivocación más grande! Anita quiso apagar su sed con una bebida refrescante y su búsqueda trajo la muerte.

Pero muchas personas hoy día se han equivocado en algo más grave. Algunos buscan satisfacción en placeres y diversiones, como los bailes y fiestas que el mundo ofrece. Otras la buscan en su religión, en obras de caridad, o quizás en sus posesiones. Pero dura poco el gozo que estas cosas traen, y después se puede esperar sólo lo que la Biblia llama "la muerte segunda." El único que puede satisfacer la sed espiritual es Cristo. Dice: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba," Juan 7.37.

Aunque el error que cometió Anita le causó la muerte física, ella no se había equivocado en lo más importante. Gracias a Dios, había puesto su fe en Cristo. Al morir ella, su alma fue al cielo para estar con él. Cuando se hicieron los funerales, el papá de Anita pidió al maestro de su clase de la escuela dominical que hablara a todos allí presentes, diciendo que la niña estaba ya en el cielo porque había creído en Cristo.

¿Has creído tú? Se te entregas a él, también podrás estar seguro de estar en el cielo con él para siempre, pase lo que pase en esta vida.

La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro; Romanos 6.23.


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Creado el 29/03/03

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