¡Yo seré tu camino!

1038.jpgRosita tenía solamente cinco años, y aunque lo anhelaba de todo corazón, no podía matricularse todavía en la escuela. A la hora cuando las niñas pasaban con sus delantales blancos y sus bolsos de libros, ella se colocaba en la puerta de la casa y ¡con cuántos deseos las miraba!

"¿Cuándo llegará el día en que yo también vaya?" se decía ella.

Cierto día, mientras la mamá estaba ocupada con visitas, tres niñas, ya acostumbradas a ver a la niñita en la puerta, se detuvieron para hablarle y jugar un poco. Luego una de ellas dijo: "¿Jugaremos a la vuelta de la esquina mejor? Es más ancha la vereda."

Rosita titubeó un momento. Mamá siempre le decía: "Aquí en la puerta no más, mi'hita; no te alejes de aquí." Pero Mamá estaba ocupada ... no podía interrumpirle ... total iba a estar cerca ... y ya se iban las niñas grandes. No pudo resistir más, y partió tras ellas.

Muy contentas jugaron por un tiempo, pero luego otra de las niñas surgió: "¿Vamos a los juegos?" Todas fueron corriendo.

Rosita había estado en los juegos antes, acompañada por su mamá, perro nunca solita, y ella no sabía bien dónde quedaba la casa suya. Jugaron hasta cansarse, en los balancines, deslizándose por el tobogán, y columpiándose.

Tan entretenida estaba la niña que era tarde cuando se acordó de su mamá y que ya convenía volver a casa. Se había apartado de sus compañeras, y cuando las buscó, ya se habían ido. ¿Cómo iba a volver sola a casa?

Algo incierta ella partió, tratando de recordar por donde habían venido. Caminó cuadra tras cuadra, pensando siempre: "Al doblar la próxima esquina voy a ver mi casa." Ya se oscurecía; empezó a arrastrar los pies, y por fin corrían las lágrimas. Las personas que iban pasando caminaban rápidamente a sus hogares, y nadie se fijó en la pequeña que ya no sabía adonde iba.

De repente un perro grande, juguetón, salió ladrando desde una puerta y, viendo a la Rosita, saltó encima de ella. Aterrorizada, la niña lanzó un grito y estalló en llanto.

Atraídos por sus solazos, luego se formó un grupito alrededor de ella, y varias le preguntaban: "¿Qué te pasa, chica? El perro no te hace nada."

Al explicarles con palabras entrecortadas que ella estaba perdida, le preguntaron si sabía en qué calle vivía.

"Sí," contestó la niña, calmándose un poco, "en la 8 Sur, número 875."

"M'hita, ibas en sentido totalmente contrario," exclamó un caballero. "Ahora, escucha bien. Tienes que volver por esta misma calle tres cuadras, doblar a la derecha, entonces ... "

Al oir estas explicaciones, los ojos de la Rosita nuevamente se llenaron de lágrimas mientras exclamaba: "Oh señor, ¡no puedo recordarme de tanto!"

Entonces una señora, posando la mano sobre su hombro, dijo: "Mira, chica, es muy fácil. Tú vas derechito para allá hasta llegar al final, y después doblas una cuadra ... " Otra vez la pequeña se disolvió en lágrimas, tapándose la cara con sus dos manitos.

En esto, una señora de canas y con voz compasiva se adelantó y le tomó de la mano. "No llores más, ven conmigo," dijo. "Yo seré tu camino; te llevaré donde tu mamá." En completa confianza la Rosita se entregó a esta guía, y luego llegó a su casa y a los brazos de su mamá.

Como ustedes, niños, habrán comprendido, la Rosita necesitaba a uno que fuera el mismo camino para ella, pues no era capaz de volver sola. Es lo mismo con ustedes. Se han alejado de la casa del Padre celestial, se han dejado llevar por los compañeros, y en los pecados se han perdido hasta no poder volver solos a Dios.

Así como la señora cariñosa fue el camino para la Rosita, Jesús, habiendo sufrido en la cruz por nuestros pecados, dice a cada uno: "Venid a mí ... Yo soy el camino, nadie viene al Padre sino por mí."


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Creado el 06/04/03

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