Eva

1046.jpgEva vivía en Venezuela en la ribera de las hermosas aguas azules del mar Caribe. Su casa era una pequeña choza que se encontraba entre una arboleda de cocos y la playa. Puesto que su papá era pescador, y su mamá estaba fuera todo el día vendiendo de casa en casa, Eva tenía sus hermanitos menores a su cargo.

Cerca de la casa estaba el Local Evangélico donde Eva asistía a la escuela dominical. Su maestra, la señorita Eva, era también directora de la Escuela Evangélica que funcionaba en el mismo lugar. Un día ella llevó a la niña a una de las clases primarias, y dijo a la profesora: "Esta niñita se llama Eva; ella desea aprender a leer y escribir."

Eva tenía unos trece años, y era alta y bonita. Fue muy aplicada, y luego aprendió a leer, pero la aritmética fue otra cosa. Nunca pudo entenderla bien, y cuando vio que las niñitas más chicas que ella aprendían rápidamente, ella se desanimó y dejó de estudiar. Sin embargo, su maestra, "la señorita Eva, mi tocaya," como decía, no se olvidó de ella.

En esos días las mujeres solían llevar la ropa en bateas a un arroyo donde la lavaban. Después de jabonada, la dejaban remojando en pozos de agua, mientras ellas charlaban. En seguida restregaban la ropa en las bateas, y después de enjuagarla, la colocaban encima de piedras o arbustos. Terminado el trabajo, fumaban y conversaban.

Cierto día Eva y su mamá, junto con algunas mujeres cristianas, acudieron al arroyo para lavar. Por supuesto, ellas no fumaban ni chismeaban; al contrario, terminado el lavado, conversaban acerca de unas reuniones especiales en las cuales un buen número de jóvenes ya habían sido salvos. Eva también asistía, y algunas noches le habían visto salir triste y pensativa.

Dándose cuenta del interés con que la joven escuchaba la conversación, una de las mujeres se dirigió a ella, diciendo: "Eva, ¿no quisieras tú ser salva?"

"¡Ay, sí!" respondió ella, empezando a llorar.

"Oremos," dijo otra hermana, y se arrodillaron pidiendo a Dios que ayudara a Eva a aceptar al Señor Jesucristo como a su Salvador. Al levantarse, Eva exclamó, "¡Ya soy salva!," y todas se regocijaron con ella.

Al día siguiente Eva, su cara radiante, vino a contarnos las buenas nuevas. Su querida maestra le preguntó cómo había acontecido, a lo que la niña nos contó que ella se había sentido pecadora y que ansiaba ser salva. "Entonces," continuó ella, "las hermanas oraron por mí, y me levanté salvada."

"Pero, Evita, ¿qué pasó cuando estabas arrodillada?" preguntó la señorita Eva. Nuevamente la joven explicó como se habían arrodillado para orar y que ella se había levantado salvada.

"Sí, hija," insistió la maestra, "pero ¿qué pasó cuando estabas arrodillada? ¿Cómo estas segura de tu salvación ahora? ¿Entendiste el evangelio por algún versículo de la Biblia en ese momento ... o cómo fue?"

"¡Ah!" contestó Eva, "un gozo bajó y un gozo subió."

"Pero, Eva," respondió la maestra, algo perpleja, "cuando creemos en el Señor, verdad que sentimos gozo, pero no es el gozo que nos salva. Si fuera así, al sentirnos tristes perderíamos la salvación. ¿Qué es lo que nos asegura de que somos salvas?"

En esto Eva se echó a llorar, diciendo: "Se ve que usted no cree que yo soy salva, pero yo entendí que Jesús murió por mis pecados en la cruz."

"¡Ah, eso es, Eva!" exclamó la señorita Eva abrazándola. "Tú sabías que eras pecadora perdida, y creíste de todo corazón que Jesús murió por tus pecados."

Era verdad lo que decía la Eva —"Un gozo subió, y un gozo bajó"— porque leemos que hay gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, y además el corazón de ella se regocijaba de saberse salvada.


www.parabolas.net
Creado el 18/04/03

Volver al Indice