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La decisión del guardapuente
Fue un día viernes en la tarde, y Alberto Drecker se encontraba en su acostumbrado trabajo, el de estar a cargo del puente del ferrocarril que pasaba sobre el río Passaic. Era un puente levadizo, y él tenía el deber de abrirlo para dejar pasar barcos, y luego después cerrarlo para que pasaran trenes. Había abierto el puente para dar la pasada a un barco, y ahora estaba por cerrarlo, porque ya venía acercándose el tren de Nueva York.
En ese preciso momento, su niñito Pedro, vino corriendo de la casa para mirar mientras su papá cerraba el puente. De repente el chico, en su apuro, se resbaló, y delante de los ojos de su padre, con un grito desgarrador, cayó por el despeñadero hasta las aguas profundas del río.
Casi en el mismo instante, se oyó el pito del tren, todavía distante, pero se acercaba velozmente. La práctica adquirida a través de muchos años en el trabajo, hizo comprender a don Alberto que le quedaban solamente minutos suficientes para cerrar el puente antes que llegara el tren. Si no lo bajara inmediatamente, el tren, al llegar, se lanzaría al espacio para caer en las aguas abajo, y cientos de pasajeros morirían en un horrible desastre.
Pero su hijito había caído al agua, y delante de sus ojos se estaba ahogando. Fácilmente él podría salvarle la vida, pues el padre era muy buen nadador, pero si abandonaba su puesto, morirían cientos de personas en el tren. ¡Pobre hombre! ¿Qué hacer?
Sumamente angustiado, el padre vio a su hijo desaparecer debajo de las aguas, mientras él trataba desesperado de cerrar el puente, pero no abandonó su deber. Lentamente el enorme puente se devolvió a su lugar, y segundos más tarde el tren lo atravesó sin novedad.
Instantáneamente don Alberto se lanzó al agua y luego ubicó el cuerpo de Pedro. Mientras todavía se oía el ruido del tren alejándose, lo llevó a la ribera del río, y con ternura lo colocó en el pasto, pero todo esfuerzo por hacerle volver fue inútil. Su hijito estaba muerto.
Estoy segura que ninguno de ustedes niños que leen esta historia dudará del amor de don Alberto para con su hijito, tampoco pensarán que cuando le dejó ahogarse fue indiferente para con él.
¿Acaso comprenden que fue algo parecido lo que sucedió cuando Jesús murió en la cruz? El siempre había hecho lo que agradaba al Padre; nunca había hecho cosa alguna que no fuera según la voluntad de él, y Dios le amaba con un amor mucho más grande de lo que nosotros podemos comprender. Sin embargo, si miramos hacia la cruz, allí vemos a Jesús completamente abandonado por su Padre. El muere sin que su Padre intervenga a salvarle.
Don Alberto tuvo que cumplir su deber y dejar perecer a su hijo por salvar la vida de otros. Esto nos hace pensar en el sacrificio mucho mayor que hizo Dios: Por salvarnos a nosotros El abandonó a su único Hijo. ¡Cuánto tiene que haber sufrido el tierno corazón del Padre celestial cuando El escuchó a Jesús exclamar, "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Mateo 27:46.
Todos los pasajeros del tren, sin saber lo que había pasado, siguieron por su camino. ¿No se parecen a ustedes en algo a ellos? con esta diferencia que ustedes ya saben del amor y el sacrificio de Dios y su Hijo. Si no se han arrepentido de sus pecados para recibir al Hijo de Dios como a su Salvador, háganlo ahora, y no se alejen más de él.
De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna, Juan 3:16.
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Creado el 18/04/03
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