|
¡Quiero estar limpia!
Cierta tarde calurosa del verano en el Africa, una misionera estaba sentada fuera de su casa leyendo, cuando para sorpresa suya sintió una tímida voz que le decía: "Señora, ¿por qué no cuenta a esta pobre acerca del buen Dios que usted conoce?"
Los ojos ansiosos de una niñita le contemplaban. Era una pequeña negrita rechoncha, haraposa y sucia en extremo. Su abundante pelo despeinado, tieso y mugriento, caía alrededor de una cara llena de tierra, dando la impresión de una criatura de la selva.
Sin embargo, dentro del corazón de esa niñita pagana había nacido un sincero deseo de saber más del Salvador. Algo había oído en su pueblo y, venciendo el miedo, ella se había acercado a la única persona que podría contarle más de Jesús.
Con cariño la señora le dijo: "Ven acá mañana a esta hora, y yo te contaré todo lo que tú quieres saber." Con una mirada expresiva de agradecimiento, la niñita dio unos brincos y desapareció rápidamente. Del corazón de la señora subió un suspiro; "¡Oh Dios, ayúdame a ganar a esta niña para ti! Enséñame explicarle del amor tuyo."
El día siguiente, mientras la señora esperaba a su visita, vio a través de una ventana que ésta se acercaba lentamente. Notando en sus movimientos timidez y desconfianza, la buena señora mandó a su empleado a decirle que le esperaba dentro de la casa.
De repente sintió un grito agudo y en seguida la niñita se lanzó aterrorizada dentro de la pieza, exclamando: "¿Por qué no me advirtió?" A la vez señalaba hacia las gradas por las cuales acababa de subir. Con mucha dificultad se calmó lo suficiente para explicar que mientras pasaba por la pieza abajo, había visto un horrible animal salvaje que parecía saltar hacia ella.
"No hay ningún animal aquí, hija," contestó la señora. Pero cuando dijo que bajaría a ver qué pasaba, la niñita, desesperada, le rogaba que no lo hiciera.
Por fin bajaron las dos y la chica le indicó un espejo en el cual se reflejaba su propia imagen.
"Pero ésa eres tú," explicó la señora. "No es ningún animal salvaje."
"¡Yo!" exclamó asombrada, y se acercó para conocerse más de cerca. "¡Sucia, horrible, fea!" exclamó, contemplándose con desagrado. Entonces, volviéndose hacia la señora, le rogó: "¡Quiero estar limpia, señora!"
Inmediatamente empezó la transformación, y dentro de poco una niña totalmente cambiada se paraba otra vez delante del espejo. Ahora estaba limpia,. con un lindo vestido en vez de los trapos de antes, su pelo lavado y bien peinado en trenzas. Se sonría mirándose en el espejo, y repetía: "¡Limpia ahora, bonita ahora!"
"Sí," le dijo la señora, "pero limpia solamente por fuera." Entonces, abrazando a la chica, se la acercó para explicarle del pecado que por dentro le ensuciaba el corazón. La pequeña escuchó con suma atención, y cuando la señora terminó de hablar, le pidió con lágrimas en sus ojos al igual que antes: "Quiero estar limpia, señora."
Por muchos días esta niñita volvió para escuchar la historia del amor del Salvador quien vino para morir por ella y limpiar su corazón del pecado que le tenía sucia por dentro. Poco a poco entraba la luz del evangelio hasta que por fin llegó el día cuando la señora vio entrar a la chica en su casa, acercarse nuevamente al espejo y, mientras se contemplaba en él, decir: "Limpia, bonita." Luego con una sonrisa de contentamiento añadió: "Y por dentro también."
Jóvenes, pueden ustedes decir, "Limpio por dentro también?" Tan vez tengan mucho cuidado en cuanto a la limpieza de su persona; pero, ¿qué de su corazón? Sólo Jesucristo nos limpia de todo pecado, y El está dispuesto a hacerles "limpios por dentro" si le permiten hacerlo.
www.parabolas.net
Creado el 01/05/03
Volver al Indice
|