Por allí en el año 1912, se les veía a dos niños caminando hacia la escuela de Calle Dávila en Santiago de Chile. Tenían entre 6 y 7 años de edad. Se llamaban Ocien y Segundo y estudiaban juntos.
Sólo con mirar a Ocien, uno sabía que el niño era enfermizo y debilucho. Necesitaba un cuidado especial por una enfermedad que le había privado de la articulación en las muñecas de ambos brazos. Por eso, era el regalón de la casa y le consentían mucho.
Segundo vivía con sus tíos quienes le exigían mucho. Sabía respetar la autoridad de sus mayores y procuraba no exponerse a ningún castigo.
El profesor que enseñaba a los niños era alto y llevaba una mirada de enojo siempre. Su cara no conocía la caricia de una sonrisa. Los niños le tenían mucho miedo. Requería a los niños que tuvieran sus tareas hechas, y cualquiera infracción no escapaba a la sanción que él estimaba justa.
Los padres de Ocien no le vigilaban para asegurar que él llevaba sus tareas listas. Por eso, él se veía constantemente en peligro de ser castigado. Por el contrario, su compañero Segundo siempre las tenía listas para presentar al profesor.
Un día, Ocien colmó la paciencia del profesor al llegar sin haber hecho su tarea. "Muñoz, acá." La voz del profesor infundió temor en los niños. Todos estaban a la expectativa mientras el hombre sacó su regla, tan buena para trazar líneas, y tan buena para castigar a los infractores.
"Extiende las manos, palmas hacia arriba," ordenó.
El castigo del profesor era temido, pues pegaba fuerte. Cuando Ocien oyó la orden, no pudo cumplir, pues la falta de articulación en las muñecas no le permitía poner las palmas hacia arriba.
El profesor nunca se había dado por enterado de la incapacidad del niño. Tomó su incumplimiento como resistencia al castigo. Siguió gritando en voz más alta: "Extiende tus manos."
Todos los niños estaban alarmados por lo que pudiera suceder. De repente se sintió el ruido de pasos. Todos volvieron el rostro hacia el pasillo donde caminaba el amigo Segundo. Andaba en forma decidida y no vaciló hasta ponerse al lado de Ocien. Mirando fijamente al profesor, dijo con voz firme: "El no puede poner las manos hacia arriba. Castígueme a mí."
Nadie se movió, esperando la reacción del profesor. Segundo estaba dispuesto a sustituir a Ocien quien merecía el castigo. En repetidas ocasiones el profesor había advertido a Ocien, y ahora debía recibir su justo merecido. Por otro lado, Segundo nunca se hacía merecedor de sanciones.
El profesor titubeó frente a la situación y considerando que el despliegue de enojo surtiría el efecto deseado para el futuro, ordenó a los dos a tomar asiento.
Muchos años han pasado, y don Segundo vive todavía en Chile. Guarda en su memoria la escena ocurrida en 1912 cuando quiso ser sustituto de su amiguito.
Más o menos treinta años después, don Segundo supo de una persona que quiso hacer lo mismo por él. Don Segundo no tenía una sola falta, sino varias que merecían un severo castigo. Llevado a cabo, tal castigo significaría la condenación eterna. Pero por medio del evangelio, escuchó cómo "Cristo padeció una sola vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios," 1 Pedro 3:18. Jesucristo ya había sido su Sustituto cuando murió en la cruz y si sólo por fe aceptara su obra, él quedaría libre de toda condenación.
Don Segundo creyó el mensaje y entendió por fe que Cristo recibió el castigo severo. Ahora él desea que todos los lectores de éstas páginas entiendan qué hizo Cristo por ellos en la cruz, y le acepten como Salvador. Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros, Romanos 5:8.
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