El amor de una novia

1059.jpgPor allá en el año 1650, fue condenado a morir un joven soldado. Le habían acusado de cometer un delito cuando en realidad no era el culpable. Los jueces fijaron la hora de su muerte para cierto día a la puesta del sol.

Tal muerte habría sido una tragedia, no solo porque el joven era inocente, sino también porque estaba en la primavera de su vida y estaba comprometido con una bella señorita para contraer matrimonio.

Cuando ella supo la fatal noticia, no se dejó vencer por el dolor. Sin perder tiempo comenzó a hacer todo lo que estaba a su alcance para interceder por la vida del que amaba. Fue a visitar a personas de influencia. Hasta habló con el mismo juez y el señor Cromwell, primer ministro de Inglaterra, pero sin ningún éxito. Desconsolada, trató de sobornar al viejo campanero, pues él siempre tocaba la campana a la hora del crepúsculo y no procederían a ahorcar a su amado hasta sonar la campana. Pero aún con él, le fue mal.

Se hicieron los preparativos para la ejecución. El condenado fue sacado del calabozo y llevado al cadalso. Todo estaba listo. Nada más se esperaba sino que el sol se pusiera y la campana anunciase la queda.

El sol se desapareció, pero ningún sonido interrumpió el silencio que precede a la noche. ¡La campana no sonó ... ! ¿Qué habrá pasado con el sacristán? se preguntaron en la escena del juicio.

La joven novia, desesperada y con las esperanzas perdidas porque ya estaba encima la hora prefijada para la muerte de su amado, subió al campanario. Para que la campana no sonara, se colgó del badajo, esa pieza en el centro de la campana que la hace sonar al tocarla.

El sacristán entró como acostumbraba todos los atardeceres, y empezó a tirar de la soga que pendía de la campana. A cada tirón, le parecía a la joven que iba a desprenderse. Las manos le sangraban y le parecía que en cualquier instante podría caer desde el campanario y estrellarse en el suelo que tan lejano se veía.

Como era muy anciano el campanero, y era sordo, no se dio cuenta que la campana no había sonado. El se retiró del lugar, habiendo cumplido su deber, mientras Evangelina a duras penas descendía de la torre. Tan aprisa como sus agotadas fuerzas le permitían, se dirigió al lugar de la ejecución. En esos mismos instantes, Cromwell enviaba a un mensajero para averiguar el motivo porqué no sonó la campana. Con ojos tristes y enrojecidos, y manos sangrientas, Evangelina se arrojó a los pies del general pidiendo perdón por su amado. Grandemente impresionado por la valentía y el amor de la joven, le dijo: "Te concedo lo que pides; el toque de queda no se oirá esta noche."

El joven fue salvado de una muerte segura por el amor extraordinario de su novia. Seguramente, él no se consideraría digno de tanto sacrificio, pero estaría agradecido para siempre de aquella que expuso su vida por él.

El amor genuino es el interés en el bienestar del otro. Quedamos admirados del amor de Evangelina, pero hay un amor superior al de ella, y es el amor de Cristo manifestado por él en la cruz del calvario. Fue así que Dios mostró su amor para con nosotros pecadores. Estábamos en peligro de morir eternamente y estar separados de él. "Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." Romanos 5:8

No éramos dignos de tal amor. No éramos dignos que Cristo sufriera y muriera por nosotros. Pero lo hizo, pues supo que en ninguna otra forma podría él rescatarnos de la muerte eterna.

¿Ha aceptado la obra que Cristo hizo por usted en la cruz? ¿No siente gratitud para con él por tal amor? ¿Cómo responderá? ¿Por qué no aceptarlo y mostrar su gratitud con servirle de aquí en adelante?


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