Mi papá, quien se llamaba Federico, asistía de niño a una escuela de dos pisos en una ciudad grande. La campana que usaban tenía mango y se tocaba a mano. La guardaban en el primer piso, fuera de la sala de Federico.
Llegada la hora de recreo o de terminar las clases, era el privilegio y responsabilidad de uno de los niños de esa sala tocar la campana lo más fuerte posible para que se oyera en toda la escuela. Por cierto, el ser escogido para hacer esa tarea era muy codiciado, y el joven tenía que ser nombrado por el profesor de clase.
El niño que tenía este honor se sentaba cerca de la puerta, en la primera fila y en el primer asiento. Federico, quien se sentaba detrás de este alumno, se fijó cierta mañana que ése no había venido a clases y que el profesor tampoco había nombrado reemplazante.
Así se dijo: "Yo voy a tocar esa campana hoy, y nadie me lo va a impedir."
Cinco minutos antes de la hora, Federico, pendiente del reloj, ya tenía un pie en el pasillo, listo para salir. Nervioso, se movía en el asiento ... miraba hacia el reloj ... ya faltaban sólo tres minutos. En esto su mirada se detuvo en Juan, quien ocupaba el primer asiento en la segunda fila. El también había decidido que iba a tocar la campana ese día y miraba ya hacia el reloj, ya hacia la puerta.
"¡Ah! Juan cree que él tocará la campana," se dijo Federico, "pero le voy a ganar. Seré yo quien toca hoy."
El profesor, inconsciente de todo lo que acontecía, seguía con la clase de matemática, pero ni Federico ni Juan tenían idea de que se trataba. Por fin el reloj indicó la hora exacta. Disparados, los dos jóvenes saltaron de sus asientos y salieron por la puerta.
Federico le ganó al otro por medio segundo, alcanzando a tomar la campana primero, pero antes de que pudiera hacerla sonar, Juan estaba encima de él. Habiendo perdido por tan poco, Juan no quiso darse por vencido; tomándose de la campana como pudo, trató de quitársela Federico. Levantó su puño para pegarle, cuando los dos sintieron una voz de autoridad: "¡Muchachos!" Una sola palabra, pero bastó.
Era el director de la escuela quien, estando en el segundo piso, les había visto por la escala. Como ustedes pueden imaginar, ninguno de esos jóvenes tocó la campana ese día. Rápidamente el Director los llevó a su oficina donde les reprendió severamente. Dirigiéndose a Juan, le dijo: "Joven, cuando levantaste tu puño para pegarle a este niño, yo vi reflejado en tu rostro el deseo de matarle."
Muchos años después, Papá decía: "Yo nunca me olvidé de la lección que el Director nos dio aquel día. Por primera vez me di cuenta que no era necesario matar a otro para cometer el pecado del asesinato, sino que el pecado ya estaba en el corazón y podía manifestarse aun en el enojo."
Dios dice que el que aborrece a su hermano es homicida y el Señor Jesús dijo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio; Mateo 5.22. Ninguno de nosotros puede decir que no se ha enojado y aun odiado a su hermano, lo que delante de Dios es pecado grave.
Es cuando acontece algo como lo que pasó entre Federico y su compañero que se ve reflejado en el rostro lo que hay en el corazón. Los ojos de Dios ven nuestros corazones, y El dice: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas y perverso," Jeremías 17.9. Lo que nos hace falta es tenerlo limpio del pecado que lo llena, cosa que sólo Dios puede hacer por la muerte de su Hijo.
¿Qué me puede dar perdón? Sólo de Jesús la sangre.
¿Y un nuevo corazón? Sólo de Jesús la sangre.
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