La sala de niños en el Hospital Central era un lugar de mucha felicidad, no obstante las tristezas y los sufrimientos. La señorita de quien escribimos, estudiante del tercer año de enfermería, no era feliz aunque la enfermera jefa le trataba con tanto cariño y paciencia. Aún cuando cometía errores, la enfermera supervisora no se molestaba como otras habrían hecho. Pero una cosa que molestaba a la enfermera estudiante era cuando su jefa oraba con los niños en esa sala. Sentía aversión hacia ella cuando lo hacía.
La enfermera estudiante había sido criada en una familia evangélica y nunca se había entregado a las cosas mundanas. Si bien había aceptado la doctrina del evangelio como la verdad, no así había aceptado a Cristo en su corazón como su Salvador personal. Por lo tanto, su conciencia le molestaba y se sentía intranquila. Sabía que su jefa oraba por ella y esto le desagradaba.
Un día fue hospitalizado un niño cariñoso y audaz llamado Juancito. Necesitaba cuidado especial y la enfermera jefa le entregó en manos de la estudiante. Esta se esmeraba en cuidarle bien.
Cuando ya se encontraba en franca mejoría, le traía caramelos. Fue por eso que Juancito tuvo la audacia de llamarla: "enfermera caramelos." Con esto se hicieron grandes amigos entre ambos.
En ese período, otro niñito fue hospitalizado en estado de gravedad. Fue puesto en la cama al lado de Juancito. Esa misma noche, murió el recién llegado.
Las enfermeras tuvieron que sacar el cadáver del chico para llevarlo a la morgue. Trataron de no hacer ruido para no despertar a los otros niños en la sala. Pero una golpeó la tapa de lata en el depósito para sábanas usadas. Juancito despertó, pero luego se durmió otra vez sin notar lo ocurrido.
Por la mañana, Juancito preguntó a la enfermera "Caramelos" adónde habían llevado al otro niño.
"Al cielo," le contestó ella.
"¿Dónde está el cielo, y quien vive allí?" preguntó él.
"El cielo está arriba, Juancito. Dios y los ángeles viven allí."
"Ah, sí" dijo él con su gran imaginación. "Anoche oí a los ángeles llevar al niño. Usaron la tapa del depósito para llevarle."
Esa noche cuando la enfermera fue a acomodarle para dormir, Juancito le hizo más preguntas:
"¿Cómo es el cielo?"
"Muy bonito," respondió ella, "allí no hay enfermos."
"¿Iré yo al cielo?" insistió.
"¡Cómo no!" le contestó.
"Y tú, ¿irás también?" Porfió el niño en su inocencia.
En ese momento entró la enfermera jefa, y aunque ésta no habló ninguna palabra, la enfermera "Caramelos" sintió como si su jefa le hubiera hecho la pregunta.
"Caramelos" sabía que no podía contestar Sí al niño. Era responsable del evangelio, pues lo había escuchado muchas veces, sin haberse arrepentido para aceptar a Cristo como a su Salvador. Sabía que solamente los salvados van al cielo, y ella no era salva.
Muchos de nuestros amigos que leen esta revista conocen el evangelio. Lo han escuchado en la escuela dominical y lo han leído en Palabras de Amor. Saben que Cristo murió por ellos en la cruz, pero nunca le han aceptado por fe.
La enfermera "Caramelos" aceptó al Señor Jesucristo aquella noche y recibió paz en su corazón, pues la Biblia promete: "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo," Romanos 5:1. Haga usted lo mismo que ella.
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