Cuando yo era jovencita me encantaba ir al campo durante mis vacaciones de verano. Mis tíos tenían un fundo no muy grande, y yo solía pasar unas semanas con ellos. ¡Qué días más felices!
Tempranito en la mañana mi prima y yo íbamos a la bodega para llenar un bolso con trigo y maíz para las gallinas, y en seguida recogíamos los huevos, mientras mi primo juntaba las vacas y empezaba a sacar la leche. Por mucho empeño que hiciera yo, nunca pude ordeñar bien, pues las vacas, desconociéndome, se corrían o con patadas daban vuelta la lechera, dejándome bañada en leche, así que tenía que contentarme con mirar cómo lo hacían los demás.
En las tardecitas, si los caballos no habían trabajado demasiado durante el día, íbamos galopando por los potreros, montados en pelo, y saltando como pelotas encima de los caballos percherones.
Durante la cosecha, iba contentísima en la carreta cuando cargaban las gavillas, y al no caber ni un atado más, nos dirigíamos a la bodega para descargar.
Las lauchitas [ratones] hacían sus nidos debajo de las gavillas amontonadas, y al ser levantadas éstas se escabullían por todos lados. Me acuerdo de algunas veces cuando mi primo, tirando una gavilla con su horqueta, me gritaba, "Allí va una laucha," y yo corría de un lado para otro por miedo al pequeño animalito que estaba más espantado que yo.
Un día los demás salieron, dejando a mi prima Elena, un poco mayor que yo, y a mí como dueñas de casa. Las dos decidimos preparar un ave asada para el almuerzo, así que fuimos al gallinero a elegir una de las más gorditas. Mientras la llevábamos a casa, nos preguntamos cuál de las dos iba a matarla. Yo jamás lo había hecho y Elena, a pesar de haber sido criada en el campo, tampoco se atrevía.
Por fin ella consintió en sujetarla si yo le cortaba la cabeza con el hacha. Agarrándola bien de las patas, colocó la cabeza encima de un tronco, y yo levanté el hacha. Pensaba haber apuntado bien, pero al dejarla caer cerré los ojos y se me desvió. Lo único que pasó fue que el ave se asustó y empezó a aletear, procurando librarse.
¿Qué hacer? Ni Elena ni yo éramos capaces de repetir la función, pero porfiaditas no nos dábamos por vencidas. Decidimos caminar hasta donde estaba el tío trabajando en los sembrados, para pedirle que nos la matara. Hacía calor y nos quemaba el sol, pero por fin llegamos.
Mientras el tío se encargaba de cortar la cabeza del ave, yo me entretenía recogiendo unas lindas margaritas silvestres que crecían en abundancia en el potrero. Pero al mostrárselas, él sacudió la cabeza, y para sorpresa mía dijo, "Pura maleza, y es culpa de María," refiriéndose a una hija mayor.
"¿Pero por qué dice así, Tío?" le pregunté.
"Hace unos pocos años María estaba conmigo en este mismo potrero, y había una sola mata de margaritas. Yo la tomé para arrancarla, pero ella me rogó diciendo, «No, Papá, son tan lindas; ¿por qué no las deja?» Por complacerle a ella dejé esa mata, y ahora ves el resultado. El potrero está lleno de margaritas y no puede crecer pasto bueno para el ganado."
Entonces contemplándome con esa mirada cariñosa pero penetrante que le era característica, me dijo, "M'jita, cada vez que veo esta maleza pienso en el pecado, cómo crece y aumenta. Empieza con una sola mentira, con una palabra fea, con robarle algo pequeño a otro niño, u otra maldad aparentemente insignificante, pero luego crece, produce más pecados hasta que la vida está arruinada."
"Así entró el pecado en el mundo. ¿Te acuerdas de ese versículo que dice, «El pecado entró por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron?» No podemos quitarnos el pecado; sólo Dios lo puede hacer."
Nunca me olvidé de la lección de las margaritas, y pocos años más tarde, niña aún, acudí al Señor Jesús quien me quitó todos mis pecados.
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