El rostro de Ofelia estaba bañado en llanto mientras sollozos sacudían su delgado cuerpo. "Ojalá nunca hubiera nacido," lamentaba ella. Era una negrita de 17 años, buena moza e inteligente, que vivía en una plantación cerca de Nueva Orleans en Norte América, en los días cuando existía la esclavitud. Hacía poco que su ama había muerto repentinamente, y la niña acababa de saber que todos los esclavos iban a ser rematados.
A pesar de no conocer el amor de padres, ella había vivido feliz, puesto que su ama era una mujer buena y cariñosa con todos, quien aun trataba en lo posible de educar a sus esclavos, pero ahora Ofelia no sabía qué suerte le esperaba.
Mientras esto acontecía en la plantación, Samuel, un joven negro, trabajando en su taller de carpintería, también oyó las noticias del remate e inmediatamente fue en busca del diario. Ansiosamente leyó la lista de venta y al darse cuenta que lo siguiente describía a Ofelia, su corazón dio un violento salto:
# 41 - Mujer, 17 años, mulata, casi blanca, sin falla, figura perfecta, dientes sanos, pelo largo.Samuel, quien tenía su libertad, había conocido a Ofelia por unos meses, y se había enamorado de ella. Las intenciones de él eran de juntar dinero hasta poder comprarla, darle su libertad y entonces casarse con ella. Ya tenía cien dólares en su cuenta de ahorros a fin de realizar sus propósitos.
El día del remate, Samuel fue uno de los primeros en presentarse, y esperaba impaciente el momento en que Ofelia sería ofrecida. El martillero empezó por llamar la atención de todos a su hermosura, hablando en términos tan groseros que causaba vergüenza y terror a la joven, mientras Samuel se indignaba. Al principiar la postura, Samuel ofreció sus cien dólares, pero luego vio que era inútil, pues otro gritó doscientos ... trescientos ... , y finalmente la venta fue cerrada en setecientos. Un hombre de apariencia dura y cruel se la llevó.
Samuel siguió a los dos a poca distancia, y viendo una oportunidad se acercó al nuevo dueño, diciendo: "Señor, yo soy libre, pero me ofrezco para ser su esclavo en lugar de esa niña. ¿Por qué no me recibe a mí y deja ir libre a ella?"
Al principio el hombre no quiso escucharlo, pero en vista de la insistencia y viendo que el joven valía cinco veces el precio de la hembra, por fin aceptó.
Fueron al juez y Samuel llegó a ser el esclavo mientras que Ofelia recibió su libertad. Al finalizar el negocio, el joven tomó los papeles que declaraban libre a la niña, y dirigiéndose a ella, dijo en tonos de sumo amor y tristeza: "Ofelia, por amor a mí, guárdate de todo mal. Algún día nos encontraremos en la presencia del Señor y entonces ambos estaremos libres para siempre jamás." Y con una dolorosa despedida, se fue, esclavo en lugar de Ofelia.
Como usted se habrá dado cuenta, Samuel conocía al Salvador y sabía que por penosa que fuera la vida, le esperaba un cielo de dicha. El, con su amo, iba en un buque de vapor por el río Mississippi, cuando el barco chocó contra una enorme balsa cargada de madera. Varias personas se ahogaron, entre ellos Samuel.
Sintiéndose defraudado de su mercadería humana, el inescrupuloso amo volvió a Nueva Orleans para apoderarse de Ofelia. La ubicó e iba a llevársela, pero ella, convencida de la legalidad de los papeles que Samuel le había entregado, se negó a acompañarle. Fueron al juez quien después de examinar los documentos, decidió que el amo, habiendo aceptado a Samuel en lugar de Ofelia, no tenía ningún poder sobre ella.
Al separase del cruel traficante en esclavos, ella le dijo: "La ley dice que yo soy libre. usted no puede hacerme su esclava. El que tomó mi lugar, a quien amaré para siempre, me compró la libertad."
Esto es precisamente lo que hizo el Señor Jesús por nosotros cuando llevó nuestros pecados en su cuerpo en la cruz. Eramos todos esclavos del pecado porque la Biblia dice: "El que hace pecado, esclavo del pecado es." Jesús recibió el castigo nuestro; fue nuestro sustituto, y ahora creyendo en él podemos ser libres. Cristo quiere que cada uno le acepte y que viva por él.
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