Manuel era un niño indio que vivía en la orilla del gran río Amazonas. Era muy joven para tener mayores preocupaciones, pero había una cosa que le daba miedo. La gente hablaba de los "espíritus el río." Según ellos, éstos prendían a niños y adultos para hacerlos esclavos. Claro, era una superstición india y una creencia falsa.
Una mañana, Manuel estaba sentado en un tronco botado a la orilla del río cuando escuchó un ruido sordo. De repente, la tierra empezó a moverse. ¡Era un aluvión de piedras y tierra! Antes que Manuel pudiera huir, se encontró en el agua. La corriente le llevaba rápidamente río abajo. Aterrado, el joven se asió del tronco mientras gritaba desesperadamente: "¡Socorro! ¡Socorro!"
Las ramas sumergidas azotaban sus piernas y pensó inmediatamente en los temidos "espíritus del río." "Si me llegan a prender," pensó Manuel, "¿Adónde iría mi alma?"
Su papá había escuchado los gritos y corriendo adonde un vecino, le pidió prestado su bote. Viendo a la distancia una figura, remó esforzadamente hasta alcanzar a Manuel. Acercándose al tronco, logró sacarle y ponerlo a su lado en el bote. ¡Manuel estaba a salvo!
Después en casa, Manuel preguntó a su papá, "Si los "espíritus del río" me hubieran alcanzado, ¿adónde habría ido mi alma?" El padre no supo contestar a su hijo, y aunque Manuel preguntaba a diferentes personas, nunca recibió una respuesta satisfactoria.
Tres años después, visitas llegaron. Traían un libro con tapas negras y enseñaban a la tribu de él. Decían que había un Dios poderoso que vivía en el cielo. Tenía un Hijo que vino una vez a este mundo para morir por los pecados de todos.
Manuel se preguntó si acaso este libro tendría la contestación a su pregunta. Pensó que si pudiera conseguir una copia, entonces sabría. La oportunidad llegó cuando los misioneros ofrecieron el premio de una Biblia a cualquiera que aprendiera de memoria los nombres de los sesenta y seis libros de la Biblia. Aunque los misioneros pensaban que se demorarían en la tarea, ¡cuánta no fue su sorpresa hallar que el domingo siguiente, Manuel pudo decirlos sin equivocarse!
Por leer la Biblia, Manuel se dio cuenta que no había "espíritus del río," pero había dos lugares adonde el alma podía ir: el cielo o el infierno. Aprendió que sus pecados podrían condenarle al infierno y por tanto, deseaba tener la seguridad que iría al cielo.
Manuel conversó con los misioneros sobre su deseo de tener esta seguridad. Estaban contentos de decirle que el Señor Jesús había muerto por él en la cruz, llevando sus pecados, para hacerle pasar del lugar del condenado hasta el lugar del salvado.
Una noche, Manuel leía en casa, el capítulo 5 de Juan, verso 24: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi Palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida."
Manuel se levantó y fue adonde su papá estaba durmiendo ya. Le despertó. "Papá, he encontrado la contestación a mi pregunta. Yo habría ido al infierno si me hubiera ahogado años atrás. Ahora sé que puedo tener vida eterna en Cristo Jesús pues El murió por mí. Papi, ¿Puedo aceptarlo ahora como mi Salvador?"
Sorprendido del pedido tan extraño, el papá dijo que sí, y se puso a pensar en sus propios temores de los "espíritus del río."
Manuel no tenía que pedir permiso al papá, pero no sabía esto. Con su corazón lleno de gozo y gratitud, aceptó a Cristo como Salvador aquella misma noche. Una paz indecible inundó su alma. ¡Por fin tuvo la contestación a su pregunta! En vez de tener dudas, ahora tenía seguridad.
Hoy día, Manuel predica el evangelio entre su propia gente. Predica el gran mensaje que disipó sus dudas acerca del futuro. Predica acerca de Jesucristo quien vive en los cielos, cuida de los suyos y luego vendrá a buscarlos a fin de llevarlos al mismo cielo.
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