Cuando Napoleón derrotó a los soldados austríacos, éstos tuvieron que huir, de manera que, al principiar nuestra historia, Franz y Klaus se encuentran escondidos en una cueva muy arriba en los escarpados Alpes. Los enemigos se han instalado abajo en la aldea mientras buscan a los valientes patriotas.
Durante los primeros meses, Lisa, la esposa de Franz, llevaba alimentos de la aldea a una bodega desde donde los jóvenes los retiraban de noche, pero perseguida por los enemigos, ella tuvo que huir a juntarse con su marido.
Con mucho cuidado los tres racionaron su comida, pues sabían que sería muy peligroso tratar de conseguir más, pero llegó el día cuando les quedaba sólo para tres días más, y la noche siguiente nació a Lisa y Franz su primer hijito. Entonces Klaus, no obstante el riesgo, decidió bajar a la aldea. Grande fue el regocijo cuando él volvió cargado de papas, manzanas secas, queso y leche.
Pasaron los días y nuevamente faltaba comida, cuando sintieron el disparo de alguien que cazaba, y al día siguiente, al encontrar manchas de sangre en la nieve, Klaus dijo: "¡Qué me gustaría encontrar ese animal para nosotros.!"
"Sí," contestó Franz, "pero el cazador también lo estará buscando. No debemos salir hoy."
Pero tempranito Klaus siguió las manchas hasta ubicar el venado herido. Luego lo mató, pero apenas lo había amarrado a su espalda, cuando vio a la distancia a un soldado con un campesino quienes subían hacia el mismo lugar. El joven se fue trepando por la montaña, borrando con la mano sus pasos en la nieve. Al llegar a una caída de agua que estaba congelada, caminó encima del hielo de modo que no dejó ninguna huella. Finalmente llegó a la cueva, y por primera vez en muchos días los tres se sirvieron carne asada.
Cuando habían despostado [descuatilizado] el animal, Franz dijo: "Con esto tenemos alimentos para seis semanas más."
"En diez semanas," añadió Lisa, "nuestros amigos traerán las vacas a los potreros cerca de aquí, y entonces podremos conseguir comida de ellos."
Klaus pensó, "¿Cómo lograr que los alimentos duren por diez semanas?"
Muchas veces él había contemplado el enorme ventisquero que llenaba todo el valle contiguo. Al otro lado estaba el país de Italia, y ahora él pensaba, "Si Franz y Lisa pudieran dividir los alimentos que quedan entre ellos, quizás les alcanzarían hasta la llegada de los aldeanos."
"Franz," preguntó, "¿has sabido de alguien que haya atravesado ese ventisquero?"
"No, hombre, sería para morir," contestó éste.
Pero cuando Franz y Lisa despertaron al próximo día, Klaus no estaba. Esperaron , ansiosos, pero él no volvió, y en la noche cuando prendieron la fogata, divisaron unas palabras escritas en la pared. Eran de color rojizo como de sangre seca, y decían: "En diez semanas vuelven las vacas a los potreros." Entonces comprendieron que Klaus se había ido a fin de dejar los alimentos para ellos.
Cuando los aldeanos subieron con sus vacas, Franz, Lisa y su hijito bajaron a reunirse con ellos. Los vecinos que los creían muertos, los abrazaron gozosos al encontrarlos no sólo vivos, sino con un lindo bebé. Les contaron que ya había bastantes alimentos, y que los soldados se iban dentro de una semana.
Franz preguntó por Klaus, pero nadie sabía nada, y aun cuando buscaron por todos los cerros alrededor, no encontraron rastro alguno. Franz, emocionado, les contó como él, Lisa y su chico debían sus vidas al sacrificio de su amigo.
Amigo joven, ¿has sentido alguna vez una gratitud para con el Señor Jesús parecida a la que sintió Franz? Klaus murió por tres personas, pero cada uno de ellos podía decir, "Klaus murió por mí." Para ser salvo, cada uno tiene que reconocer que Cristo murió por él o ella en particular. "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí," Gálatas 2:20.
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