El día que Klaus volvió

Klaus es hallado muerto."Abuelito! Mañana vamos con las vacas a la montaña. No tenemos clases, y vamos todos." Era un niño de 10 años que gritaba mientras corría hacia un anciano de canas y barba larga. Este estaba sentado calentándose al sol, al lado de su casita en una aldea de Austria.

"¿Nos acompaña, abuelito?" preguntó su hermano, dos años mayor.

"Creo que no, hijo, no puedo este año, pues estas piernas mías no me acompañan como antes," contestó con una amable sonrisa.

"Vamos a la misma parte cerca de donde usted vivió en la cueva, abuelito, y donde nació mi papá. Cuéntenos otra vez del tío Klaus que murió por ustedes Es por eso se llama Klaus, ¿verdad? "

No se cansaban nunca de escuchar al abuelito relatarles como él y su amigo, Klaus, cuando eran jóvenes soldados, perseguidos por los franceses, habían tenido que esconderse en una cueva en la montaña. Contaba como la abuelita Lisa, recién casada entonces, les llevaba alimentos, pero ella también tuvo que huir a la cueva, y allí había nacido el papá de los niños.

El abuelito les narraba en su historia de la noche en que su amigo Klaus desapareció, y como ellos encontraron las palabras escritas en la pared de la cueva que les hacían entender que él había ido a cruzar el ventisquero. El se fue para dejarles a ellos los alimentos que quedaban. Al anciano se le llenaban los ojos de lágrimas mientras decía: "Nunca supimos más de Klaus ... tan buen amigo que era, y murió por mí."

Apenas terminado el relato, llegó el padre de los niños diciendo: "Papá, ¿no quisiera acompañarnos una vez más a los potreros de arriba? Le llevaré una parte en mi carrito de madera."

Era costumbre en esas partes, una vez que el pasto empezaba a crecer en los potreros altos, de llevar las vacas a la montaña. Para emprender el viaje, los aldeanos se reunían en la plaza frente al mercado, de donde partían juntos. Así que tempranito el abuelo Franz, su hijo y sus nietos fueron a juntarse con los demás.

Amaneció un día de cielo azul y por todas partes aparecían las primeras flores primaverales, mientras su fragancia llenaba el aire. La plaza parecía estar llena de ganado, y de lejos se escuchaba el continuo tilín-tilín de las campanillas que llevaban las vacas. Al partir, los gritos de los vaqueros se unían a la risa de los niños quienes saltaban y corrían.

Pasaron un día feliz, y estaban por regresar a la aldea cuando dos de los jóvenes volvieron de una excursión que habían hecho hasta el estero que se formaba por los deshielos de las nieves. Contaron que habían encontrado el cuerpo de un hombre a la orilla del vestiquero, y pedían ayuda para traerlo.

Al regresar con su triste carga, todos se congregaron para ver quién sería, pero ninguno lo conoció hasta que el abuelito Franz se abrió camino por en medio de ellos. Con una exclamación de asombro, se arrodilló al lado del muerto diciendo: "¡Klaus, es mi amigo Klaus!"

Cincuenta años habían pasado, pero el cuerpo de Klaus había sido preservado, congelado en el hielo del ventisquero. Allí delante del anciano estaba su amigo, joven aún, tal como había estado esa última noche en la cueva. Con lágrimas corriendo por sus mejillas, ya arrugadas, el abuelito contemplaba la cara de Klaus, sin arrugas. Tomó la mano blanca y fría entre las de él como si quisiera calentarla. Entonces mostrándoles un pequeño corte en la muñeca dijo:

"¿No ven? aquí se cortó para escribir en la pared con su propia sangre, "en diez semanas vuelven las vacas a los potreros" y así entendimos, Lisa y yo, que él había ido para dejarnos a nosotros los alimentos. El nos salvó la vida, y aquí está otra vez."

Klaus volvió, pero volvió muerto. El Salvador quien murió por ustedes, niños, también vuelve, pero El volverá vivo, para llevar a los que creen en él a estar siempre con él. Jesús murió, pero resucitó, y de un momento a otro volverá para buscar a los salvados. Si viniera hoy, ¿te irías con él? Si no, acéptale ahora para ser salvo.


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