El viento frío que corría desde Meseta Blanca azotaba a Hosteen Nez, un muchacho indio de la tribu de los Navajo, mientras reunía sus ovejas. Una vez dentro del corral, las contó y encontró que faltaba una.
Preocupado, se dirigió a la casa, una choza redonda, hecha de troncos revocados con barro. Su mamá recién había sacado pan del rescoldo.
"Páseme pan, Mamá," le dijo, "tengo que salir. Se me perdió una oveja."
Pesadas nubes le avisaban de que ya había empezado una tempestad en las montañas que luego llegaría al valle, y él apuró el paso. ¿Dónde podría haberse extraviado la oveja? Seguramente fue cuando las abrevó en la quebrada.
De lejos se veían relámpagos; el fuerte viento le penetraba hasta los huesos mientras ráfagas de arena casi le cegaban. Anhelaba volver a su choza, pero el indio navajo no deja que se le pierda fácilmente una oveja, así que siguió dirigiéndose hacia la quebrada.
De repente sintió el débil balido que sólo el oído del pastor podría captar. Sin pensar en su propio peligro, Hosteen descendió por la barranca y ubicó el animal. Estaba casi completamente hundido en la traicionera arena movediza y balaba quejumbrosamente. El muchacho tuvo que usar todas sus fuerzas y su pericia para salvar la vida de su oveja, pero por fin la sacó y poniéndola en sus hombros, se dirigió a casa.
Ahora llovía torrencialmente en todo el valle, y tomando la oveja en sus brazos, la protegió con su manta, pues tiritaba de frío. Pesaba mucho y se le cansaban los brazos, pero siguió paso tras paso, y después de dos horas, estilando y completamente rendido, Hosteen llegó a casa.
Con cariño el joven pastor acostó la oveja y se sentó al lado suyo. ¡Qué extraño el cariño que sentía para con ese animalito! No era de gran valor, sin embargo él estaba dispuesto a exponerse a peligro para salvarla. Le pertenecía antes, pero ahora aun más, porque la había rescatado, arraigando su vida.
Algunos meses más tarde, el mismo joven se encontraba en el almacén de trueque cuando se abrió la puerta y entró un caballero que empezó a hablar en el idioma de los navajo. Al principio el joven no puso atención, pero de repente sintió palabras que le interesaron, palabras acerca de un Dios que busca a los pecadores como un pastor navajo busca su oveja perdida.
¿Que hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso? Lucas 15.4,5
Hosteen veía toda la escena, como cuando él buscaba su oveja: el fuerte viento, los relámpagos, la lluvia, la pobre ovejita perdida en la arena movediza, y después la alegría de poder rescatarla de una muerte segura.
El joven siempre había pensado que Dios era demasiado misterioso como para ser entendido, demasiado grande como para que se interesara por él, pero ese día las palabras que habló el misionero le penetraron hasta el corazón:
Todos nosotros —hombres, mujeres, indios, niños y niñas— nos descarriamos como ovejas. Cada cual se apartó por su camino. Mas Jehová cargó en Jesús el pecado de todos nosotros; Isaías 53.6. El Hijo de Dios, el Señor Jesús, vino al mundo para salvar a los pecadores. El no solamente los encontró, sino que también compró su salvación al morir por ellos.
Ese día en el almacén, Hosteen entendió que él era la oveja perdida a quien el Salvador buscaba. Se entregó en las manos del Buen Pastor, diciendo: "Señor Jesús, yo sé que soy un pecador perdido a quien Tú buscas. Te acepto ahora mismo como a mi Salvador; quiero que me salves."
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