Un canto en el alma

Un canto en el alma.Por muchos años estuve sin Cristo y sin esperanza en el mundo, probando los placeres que el diablo ofrece a los jóvenes. Aunque mi niñez había transcurrido suavizada por las enseñanzas de la escuela dominical, aun a los catorce años de edad seguía resistiendo al evangelio y al amor del Salvador. Por aquellos días integraba yo parte del coro de mi ciudad y realizábamos presentaciones en el salón de la municipalidad.

Aquello me gustaba mucho. Era mi deleite cantar y sentir varias voces distintas a la vez. Es que no me daba cuenta que cantaba para agradar al mundo y no al Señor.

Una de las melodías que más me gustaba narraba la historia del pueblo de Israel cuando Faraón no les dejaba salir de Egipto. Una frase me agradaba sobre las otras y decía: "Deja ir a mi pueblo." La cantaba dejando entrar una a una de aquellas palabras en mi corazón. Es que tampoco me daba cuenta de que Dios estaba trabajando en mi vida y preparando mi corazón para buscarle a él.

En el mes de julio del año 1962 dos siervos del Señor realizaron una serie de conferencias evangelísticas en la ciudad. Una de aquellas predicaciones me impactó profundamente, ya que en cierta oportunidad un misionero predicó sobre los diez mandamientos del Exodo capítulo 20 e hizo especial énfasis en no tomar en vano el nombre de Dios. ¡Y yo que cantaba al mundo tomando el nombre de Dios!

El resultado de aquellas benditas noches fue que reconocí mi pecado y acepté en mi vida a Cristo como mi propio Salvador y Señor.

Era para mí una vida nueva, llena de oportunidades para testificar por Cristo. Pero se me hacía tan difícil dar mi testimonio y proclamar que el Señor Jesús me había salvado, y seguí un tiempo en el coro.

No entendía bien que Cristo me había comprado con su propia sangre y yo no era ya dueño de mí mismo.

Cierta noche tenía ensayo con los demás jóvenes. Era día viernes y por entonces solíamos recibir la visita de un siervo del Señor para un estudio bíblico. Pensé dentro de mí: "Es mejor ir a avisar que no voy a la reunión hoy, ya que tengo ensayo de una nueva obra que estamos preparando." Quiso el señor que resolviera esto y fuera a conversar con el misionero que nos visitaba y le expliqué el asunto.

El me miró, y con profundo amor paternal me dijo: "Eddie, ¿cree usted que un creyente debe estar cantando en el mundo y no estar en la reunión?"

No pude contestar porque un nudo aprisionó mi garganta: aquella garganta que estaba preparada para cantar otras cosas. Sin embargo mi juventud me llamaba a seguir en el mismo camino antiguo. Llegué hasta la puerta del edificio donde estaba el grupo coral. Mis ojos miraron y escudriñaron el interior y en mi mente martillaban miles de pensamientos. Oía como una voz que decía: "Deja ir a mi pueblo ... " Y, volviendo las espaldas al edificio salí orando: "Señor, desde ahora y para siempre soy tuyo y mi voz alabará y cantará sólo a ti."

Desde entonces hay un cántico en mi alma, un himno que hasta hoy puedo cantar con gozo:

En presencia estar de Cristo, ver su rostro, ¿qué será?
Cuando al fin en pleno gozo mi alma le contemplará.

Estimado joven, señorita, el Señor Jesús te quiere cambiar. El quiere convertir tu tristeza en gozo, y si aceptas lo que él hizo a tu favor en la cruz, la Biblia dice: "Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas," 2 Corintios 5.17.


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