Juan Tres Dieciséis en el hospital

Juan Tres Dieciséis en el hospital."Juan Tres Dieciséis … Juan Tres dieciséis ... me dijeron que me haría bien, y así fue ... Juan Tres Dieciséis." Era la voz de un niño quien en su delirio gritaba en un hospital.

"¿Qué quiere decir este chico? Preguntó una enfermera a otra que iba pasando. "No ha dicho otra cosa desde que llegó. Pobrecito, no se sabe quién es; parece ser de esos niños de la calle que no tienen hogar. Fue atropellado el otro día, y todavía está grave."

"Yo no sé," contestó la otra, "pero varios enfermos de la sala me han pedido Biblia para saber qué es lo que dice Juan Tres Dieciséis."

Lentamente empezó a mejorarse el chico, y un día, completamente consciente, abrió los ojos. Extrañado, miró alrededor pensando, "¡Qué tranquilo es este lugar! Y ¡qué grande! ¿Dónde estoy?"

Se acordaba de la noche cuando un caballero le encontró en la calle y cómo éste, dándole como pase la frase, "Juan Tres Dieciséis," le mandó a un hogar donde fue recibido y atendido con cariño. Fue al día siguiente que le atropelló un vehículo.

El enfermo del lado, viendo que el niño había vuelto en sí, le dijo: "¿Cómo te sientes, Juan Tres Dieciséis?"

"¿Cómo sabe usted mi nuevo nombre?" preguntó el niño. "¡Cómo lo sé!" contestó éste, "desde que llegaste no has dicho otra cosa sino Juan Tres Dieciséis, y yo ahora digo bendito sea Juan Tres Dieciséis."

Mucho le extrañó al niño que él, a quien nadie quería, fuese llamado bendito, pero el enfermo siguió diciéndole: "¿No sabes de donde viene tu nombre?" Es de la Biblia."

"La Biblia, ¿qué es eso?" Nunca había oído de tal libro, ni sabía de la Palabra de Dios. "Léamelo, por favor."

Al escuchar las palabras del amor de Dios, exclamó asombrado: "¡Qué hermoso! Habla de amor y de un hogar para siempre, no sólo por una noche."

Luego aprendió de memoria las palabras de Juan Tres Dieciséis, y decía: "Ahora tengo no solamente un nombre nuevo, sino también un Salvador, porque Dios me ama y Jesús murió por mí."

Se fueron algunos de los enfermos de la sala, y un día trajeron a un anciano a la cama al lado del niño. Temprano en la mañana una monja se acercó al anciano para preguntarle: "Patricio, ¿cómo te sientes hoy?"

"Mal, mal," gimió el pobre veterano.

"¿El sacerdote te ha venido a ver?"

"Sí, y por eso me siento peor. Me vino a dar la extrema unción, y sé que voy a morir. ¡Oh, madrecita, no estoy listo para morir, ¿qué puedo hacer?"

"Patricio, siento mucho verte así," contestó ella cariñosamente, "pero confórmate con lo que Dios manda, hijo," y se despidió sin decirle nada del Salvador quien podía darle el perdón de sus pecados.

Al ver a la monja desaparecer, el anciano rompió en llanto diciendo: "Dios ten misericordia de mí; soy tan pecador, y no esto listo para morir ... ¿qué será de mí?"

Juan Tres Dieciséis oyó estas palabras y pensó, "Lo que el abuelito necesita es un pase como el texto mío, y llamándole, dijo: "Abuelito, yo sé algo que le hará bien, estoy seguro, porque me hizo mucho bien a mí."

"Dime, hijo, dime rápido. Si tan sólo encontrara algo que me diera paz."

"Aquí lo tiene, ¿está escuchando? Juan Tres Dieciséis: De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna."

Vez tras vez el niño repitió las palabras hasta que la verdad del amor de Dios y la muerte de su Hijo por nuestros pecados penetró en la mente de Patricio. Dentro de pocas horas el anciano partió en paz para estar con el Señor.

El muchacho se mejoró, salió del hospital, y amigos le cuidaron, mandándole a la escuela. Cuando grande sirvió fielmente al Señor predicando su Palabra, siendo Juan Tres Dieciséis siempre su versículo favorito.


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