Era primavera. Los árboles y los prados mostraban sus hermosas flores de múltiples colores. Todo era alegre, excepto en la casa de la señora Luisa. Allí todo parecía sombrío. La alegría de la primavera, esparcida por doquiera por los rayos del sol, no alcanzaba a entrar en la habitación de Pedro.
Pedro estaba enfermo. Era hijo único de la señora Luisa y su mamá le tenía como regalón. Y más que nunca ahora, pues el día anterior el médico había puesto una cara sería y confirmó lo que la familia temía. Pedro nunca mejoraría; no había esperanza.
Al marcharse el médico, la señora Luisa se echó a llorar, pues amaba mucho a su hijo y ahora la muerte venía a arrebatárselo. En la tarde del mismo día, vino el consejero espiritual de la señora, pero sus palabras le parecían huecas y sin sentido. No sirvieron para consolarla. Ella estaba angustiada y en nada podía concentrarse por pensar tanto en la condición de su regalón.
Pedrito sabía que su condición era grave. Aunque la señora procuraba ocultar su angustia, él sabía que su mamá la pasaba llorando. Otros intentaron animarla, pero sin éxito.
Meses antes, Pedro había asistido a una escuela bíblica y había escuchado con interés cuando el maestro de su clase explicaba las razones por qué el Señor Jesucristo había muero en la cruz. "por amor a los pecadores, como ustedes y yo, murió el Salvador," decía el caballero.
El era buen alumno de esa escuela dominical, prestando mucha atención a la lección. Como resultado, estando solo un día, puso su fe en Cristo, el Salvador, creyendo lo que la Biblia dice: "Si crees en el Señor Jesús, serás salvo." El niño tuvo toda seguridad de que Cristo le recibiría, pues también dijo, "El que a mí viene, no le echo fuera."
Ahora que estaba enfermo, Pedrito no podía ir a la escuela bíblica, pero su Nuevo Testamento le acompañaba en el velador al lado de su cama, y é lo leía todos los días. Podía orar a Dios desde su cama y la Palabra de Dios le aseguraba que en verdad era un hijo de Dios por medio de la fe en Jesús.
Al ver a su madre tan afligida, le dijo, "Mamaíta, si a mí me ofrecieron cambiarme mi vieja bicicleta por un hermoso auto, ¿crees que aceptaría?" La mamá no captó a lo que se refería su hijo, pero contestó que sí, seguramente aceptaría un cambio tan favorable. "Pues, Mamá," explicó el chico, "el Señor Jesús me está ofreciendo un lugar mucho mejor en el cielo, una vida muchísimo mejor que la que ahora tengo, y ¿cómo no voy a querer aceptar un cambio tan favorable?"
Las palabras de Pedro entraron como un rayo de luz en el corazón entenebrecido de su madre. Ella vio que el niño no se angustiaba frente a su futuro, sino se alegraba con la esperanza de pasar de esta vida a una superior. En esto Pedro pensaba como el apóstol Pablo quien dijo una vez que tenía "deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor," Filipenses 1.23.
Llegó el día cuando Pedro partió de este mundo, confiando en su Salvador. Las palabras de su hijo sirvieron de consuelo para la señora Luisa, pues sabía que él ya estaba gozando en la presencia del Señor Jesús.
Queridos niños y jóvenes, ¿han pensado que la muerte no sólo llega a la gente de edad, sino también a menores de edad? ¿Si les tocara morir, podrían enfrentar la muerte con la tranquilidad de Pedro? Cuando escuchan la palabra de Dios, pongan atención, pues su maestro en la escuela dominical desea que sean salvos por la fe en Jesucristo.
Muchos han oído tantas veces el mensaje de salvación, pero en vez de creerlo lo han dejado para otro día. Llega el momento cuando ya será demasiado tarde para confiar en Cristo. Dios dice, "Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan," Proverbios 8.17.
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