En el sur de Chile la ciudad de Lota se conoce por sus minas de carbón, sus playas y también por su pan casero que se cocina en hornos de ladrillo. Casi todas las familias son expertas en hacer el "pan minero," y ¡qué rico es! especialmente cuando viene saliendo del horno.
Una de estas familias era la de Juanita. Su mamá hacía un pan muy sabroso. A las siete de la mañana era común verla ya mojando la harina, sobando la masa y calentando el horno con leña bien seca. Había que levantarse temprano para aprovechar bien el día, porque un marido y siete niños daban mucho que hacer. ¡Cuánto trabajan nuestras madres!
Una de estas mañanas, hace algunos años, ocurrió la historia que hoy estás leyendo. Juanita tenía nueva años de edad, y como todas las niñas le gustaba andar a la siga con la madre, pegadita a sus faldas, haciendo muchas preguntas y por supuesto una que otra maldad. De vez en cuando, Juanita ayudaba en algo, y precisamente esta mañana había ayudado a hacer el pan. Ya lo tenían dentro del horno.
Cerca del lugar había un jardín lindo, y Juanita se quedó al lado del horno mientras la mamá fue a verlo. Hacía tanto frío que Juanita quería calentarse al calor de unas brasas que sobraron del horno. Estaba en cuclillas frente a las brasas, cantando el último corito que había aprendido en la escuela dominical:
Yo voy al cielo, soy peregrino, a vivir eternamente con Jesús.
Le gustaba tanto a Juanita cantar, y tan entretenida estaba en eso, que no se dio cuenta que su vestido había quedado sobre unas brasa a su espalda. ¡Y se estaba quemando! Su mamá tampoco se daba cuenta por estar de espaldas a ella mirando el jardín, y por eso no se percató del peligro en que su hija estaba. El fuego empezó a crecer poco a poco, y Juanita seguía cantando. Cuando sintió el calor muy cerca, se paró dando un desesperado grito: "¡Mamita¡ ¡Mamita!" Su mamá, tan asustada como ella, corrió hacia su hija y con sus propias manos, sin importarle quemarse, empezó a apagar el fuego.
A los gritos de la niña, salieron vecinas a ayudar, y entre todas apagaron por completo el fuego. "Pobre mi niña," decía la mamá llorando. "Casi se me quema viva. Hasta tu pelo se quemó un poco." Examinaron bien a Juanita y comprobaron que no tenía quemaduras.
Aparte del susto, Juanita estaba bien. Su mamá sí se había quemado las manos un poco, pero todos estaban contentos que Juanita se libró de lo que pudiera haber sido una tragedia.
Hay muchos peligros en la vida. Algunos traen graves y tristes consecuencias; otros no son tan serios. Muchas personas desconocen los peligros que les acechan y no se dan cuenta de ello hasta que ya están atrapados. El pecado por ejemplo es así, y es el peor enemigo que cualquiera imaginable. Es como el fuego que prendió el vestido de Juanita; ella se calentaba al calor del fuego al mismo tiempo que peligraba su vida.
Pensemos en un ejemplo. Cuando tú lees alguna revista que lleva una portada atrayente, una que otra historia te instruye mientras que otras son malsanas. Puedes también acercarte a amigos que al parecer son agradables, pero luego cuentan chistes e historias que no te conviene escuchar. El pecado así se apodera de la mente y la vida, y la Biblia dice: "El pecado, siendo consumado, da a luz la muerte," Santiago 1.15.
El pecado, como el fuego, una vez prendido en la vida es imposible apagar; significa la muerte eterna para el pecador. Solamente el oportuno socorro de alguien que le ama, como en el caso de Juanita, puede sofocar el efecto del pecado y ya sabemos que es el Señor Jesucristo que murió por nuestros pecados. "El apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él," 1 Juan 3.5.
Solamente por medio del Salvador podemos tener la victoria sobre el pecado y el perdón suyo para evitar el morir eternamente. ¿Has creído tú en Cristo, o estas todavía en peligro?
|
www.parabolas.net Volver al Indice |