Los pequeños incidentes

Los pequeños incidentes.Ahora soy madre en mi propio hogar y abuelita también, y durante los años de mi vida he tenido muchas experiencias que me han servido de provecho. Una de las cosas que he notado, y es lo que por lo general pasamos por alto, es que Dios se da cuenta igualmente de los pequeños incidentes de nuestra vida como de los grandes. En realidad El pone mucha importancia en las cosas que nosotros consideramos pequeñas, y me parece que allí El nos prueba.

Me acuerdo de lo que la Biblia dice de Acán quien robó algo que pertenecía a Dios, lo escondió y mintió para poder evitar descubrimiento y detención. La ciudad de Hai era pequeña pero por el pecado de Acán los israelitas no pudieron vencerla y fueron derrotados. Todo eso trae a mi memoria lo que a mí me sucedió una vez.

Era yo una joven de 17 años, convertida al Señor pero no muy obediente. Vivía en la ciudad de Quezaltenango en la República de Guatemala. Dos misioneras que me amaban mucho eran las que me cuidaban y a menudo me llevaban a algunas conferencias evangélicas en las distintas partes del país.

Una vez, estando en la reunión de una tal conferencia, vi que se le cayó el pañuelo de la hermana que estaba sentada en la silla delante de mí. Esta hermana en Cristo era muy respetada y una de las más fieles. Yo esperaba que ella recogiera su pañuelo pero parecía que no se había dado cuenta que se le había caído. Yo ya no escuchaba nada del mensaje sino que admiraba ese pañuelo; era una prenda bonita, fina y bien bordada.

Entre lo más miraba, más lo codiciaba, máxime que la hermana no se daba cuenta. Dije entre mí: "Es una cosa chiquita; no puede valer mucho," y, agachándome, lo recogí lo metí en mi Biblia. Una voz dentro de mí decía: "Esto no es tuyo," pero yo contestaba: "Sólo es una cosa pequeña. Ella debe tener muchos parecidos," y así pasaron los días. La conferencia terminó y regresé a casa con el pañuelito. Pero me sentía molesta y no bendecida por el Señor, ya sabía por qué. Pero, me costaba arreglar mis cuentas hasta que un día Dios me habló todavía más fuertemente.

Yo había comprado una combinación para vestirme; era muy linda y a la vez muy cara por mis circunstancias entonces. A todas las jovencitas les gustaba vestirse lo mejor posible para los domingos y yo no era excepción. Cuando llegó el día domingo fui al ropero para sacar mi vestido nuevo, y cuál fue mi sorpresa y consternación al no hallarlo. Ese vestido nunca apareció. ¡Cuánto me dolió la pérdida; lloré de tristeza!

Pero en este momento me acordé de mi Biblia y del pañuelito ajeno que yo había codiciado, robado y escondido. En el mismo instante lo saqué y pedí perdón al Señor. De allí fui donde doña Laurita, la hermana a quien pertenecía mi posesión robada, y le devolví lo que me había causado tanta pena y aflicción de alma.

Mi vergüenza fue cumbre cuando ella me abrazó y dijo: "Gracias mi hija. Este pañuelo era para mí especial porque una hermana misionera me lo regaló como recuerdo antes que saliera de nuestro país." Yo había aprendido mi lección: la de nunca tocar lo ajeno.

Ahora enseño lo mismo a mis hijos. La sinceridad y honestidad valen mucho. La propiedad ajena, por insignificante y pequeña que sea, puede traer molestias y penas grandes que en realidad no deberíamos tener. Digo a mis hijos: "¿Y les dieron más de vuelto en la tienda? Vayan a devolverlo por favor."

Así son nuestras vidas. Muchas veces son las cosas que nosotros consideramos pequeñas, que poco a poco hacen estragos, llevándonos para abajo. La Biblia habla de cazar las zorras pequeñas porque son ellas que echan a perder las viñas. Los pecados "pequeños" que permitimos en nuestra vida nos pueden echar a perder. Sólo Dios nos puede salvar de nuestros pecados, sean ellos "pequeños" o "grandes," y lo hace en la persona de su Hijo Amado.

Sólo Dios nos puede guardar si es que ya somos de él por haber confiado en su Hijo. Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. El "es poderoso para guardarnos sin caída y presentarnos sin mancha delante de su gloria."


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