Sobre un montón de paja, en el suelo húmedo de una casa pobre y sucia, un muchacho se encontró recostado con su cuerpo consumiéndose de fiebre. Su cara tierna llevaba las marcas de crueles golpes de un padre embrutecido por el alcohol. No había quien se preocupara por el joven, ya que su madre también estaba dominada por el vicio.
Pero Dios, que se compadece de los necesitados, hizo que pasara por allí un policía quien llevó el enfermo al hospital. Allí el recibió la atención que necesitaba y los cuidados de enfermeras que se interesaron. Poco a poco bajó la fiebre.
Una mañana la enfermera de guardia le encontró mucho mejor. Corriendo la cortina de la ventana, ella le preguntó: "¿Quieres que te lea algo?"
"No." dijo el niño, "Quiero que me explique lo que dice ese cuadro." Con el dedo señaló un texto que colgaba en la pared y decía:
El herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros
pecados ... Por su llaga fuimos nosotros curados. Isaías 53.5
"¿Qué significan esas palabras?" preguntó. "¿De quién hablan?"
"Pues, hablan del Señor Jesús," fue la respuesta suave. Y la enfermera comenzó a contarle acerca del Salvador: como había venido desde el cielo, naciendo en pesebre; vivió una vida santa, sin pecado; alimentaba a los hambrientos, sanaba enfermos, amaba sus enemigos. Y al fin los hombres le habían hecho morir una muerte cruel, clavado a una cruz. Pero El, en vez de resistir a sus verdugos, quiso morir porque los amaba, y nos ama, tanto.
Explicó ella que él sabía que ésa era la única manera de salvarnos a nosotros, rebeldes y pecadores, del castigo que todos habíamos merecido. Y terminó diciendo: "Por eso dice el texto que él fue herido por nuestras rebeliones y molido por nuestros pecados. Por su llaga, es decir, por sus sufrimientos, nosotros somos curados del pecado."
El muchacho, que había escuchado con hondo interés, preguntó luego: "¿Y el Señor Jesús ama a los niños?"
"El ama a todos," respondió la amiga.
"Pero, ¿ama también a los malos como yo?"
"Sí, querido, El ama a todos por igual; a mí, a ti."
Al día siguiente cuando llegó ella a su cama, el niño le pidió que contara más acerca de Jesús. Y así, día tras día, fue conociendo al Salvador y lo que él había hecho por él. Hasta que un día la enfermera le preguntó: "¿Y tú crees en él?"
"Sí," respondió, "sí, yo creo en él." Los ojos de ambos, de la mujer y del chico, se llenaron de lágrimas de gozo.
El muchacho se marchó del hospital, sano ya. En un bolsillo llevaba una Biblia que le había regalado la enfermera, pero en su corazón él tenía al Señor Jesucristo.
Pasaron muchos años; la enfermera se envejeció y se enfermó y se acercaba la muerte. Le fue asignada la misma sala en el mismo hospital, y todavía estaba el texto. Muchos vinieron a verla: ancianos, niños, otras enfermeras a quienes ella había ayudado en cuerpo y alma.
Pero entre ellos apareció un varón joven, Biblia en mano. "¿Y quién es usted?" preguntó ella en su debilidad.
"Soy el muchacho a quien usted contó la historia del Señor Jesús, a quien usted le explicó el significado de ese texto," contestó el al señalar a la pared. Y añadió: "Ahora me ocupo en hablar a otros acerca de ese mismo Salvador. Nos veremos otra vez, en el cielo, con Cristo."
Querido joven o niño, ¿has llegado tú a comprender y creer en tu corazón que él herido fue por tus rebeliones, molido por tus pecados? ¿Ha sido curada tu alma por la llaga del Señor Jesucristo?
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