Cierto día de verano en el año 1856, un joven albañil abandonó su hogar en Italia para dirigirse al pueblo de Glarus en el país de Suiza, en busca de trabajo. Tuvo que caminar muchísimos kilómetros cargando al hombro la caja que contenía sus herramientas de trabajo.
En el viaje se encontró con una señora quien le regaló una Biblia, rogándole cariñosamente que la leyera. "Es la Palabra de Dios que te puede guiar a vida eterna," dijo ella.
Sin darle las gracias, Antonio tomó el libro, y poniéndolo junto a sus herramientas, siguió su camino. "Me han dicho que es un libro peligroso," musitaba, "lo voy a botar luego."
Después de pocos días de su llegada a Glarus, encontró trabajo en la construcción de un edificio nuevo. Un día mientras colocaba ladrillos, llegó a una parte donde había una hendidura que llenar, y de repente pensó, "Aquí voy a enterrar ese libro."
Sacó la Biblia de la caja, y riéndose a carcajadas con sus compañeros, golpeó las tapas de ella con su martillo, la metió en el hueco, y la cubrió con cemento. El joven pensaba que había terminado con la Biblia para siempre, pero el ojo de Dios lo había visto todo, y El no iba a permitir que se perdiera su Palabra.
Cinco años más tarde se produjo en el pueblo un incendio tan grande que fueron quemadas muchas casas y edificios. El fuego alcanzó a destruir parte de la construcción donde estaba la Biblia.
Cuando llegó la primavera, resolvieron que en el lugar de los escombros edificarían un pueblo mejor y aun más lindo. Un viejo obrero llamado Juan, con sus compañeros, empezó a construir una casa en el mismo sitio donde había trabajado Antonio. Al demoler un muro, Juan con asombro vio caer a sus pies un libro. Al recogerlo, exclamó, "¡Una Biblia! y tanto tiempo que yo quería tener una. ¡Esta no me la quita nadie!"
Se acordó como años antes, cuando apenas había conseguido una Biblia, alguien se la quitó diciendo que era un libro malo. Ahora rebosando de contento, miró el libro como regalo de la mano de Dios. Todo su tiempo libre lo pasaba leyendo las Sagradas Escrituras, y los días domingo convidaba a sus amigos a la casa para leer con ellos. Muchos iban por curiosidad, a fin de conocer el Libro que fue descubierto en forma tan extraña.
La Biblia le enseñó que él era un pecador perdido, pero que Cristo había venido a buscar y a salvar a los pecadores. Al comprender que Cristo había muerto por él, Juan confió en el Señor, y fue salvo.
Terminado el período de su trabajo en Suiza, volvió a Italia, y en su hogar empezó estudios bíblicos, deseando que otros conociesen a su Salvador.
Tanto fue su gozo en la salvación de Dios, que él anhelaba que todo el mundo conociese a Jesús. Fue un obrero incansable quien se dedicó a comprar Biblias y venderlas en el campo y en el pueblo, en las plazas, calles y mercados.
El joven, Antonio, a quien primero le fue regalada la Biblia, la rechazó y pensaba que la había destruido, pero Dios dice en Isaías 55:11, "Mi Palabra no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié." Oportunamente El la puso en manos del obrero Juan, y éste la leyó y la creyó para vida eterna.
¿Qué has hecho tú con la Palabra de Dios?
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