El niño estaba desaseado y haraposo, pero los transeúntes que se detenían no eran atraídos por su apariencia, sino por la dulce melodía que emanaba de su maltrecho violín. Este chico desvalido pasaba los años de su niñez en las calles de una gran ciudad europea, tocando su violín y recibiendo unas pocas monedas de las personas que apreciaban su talento.
Sucedió que había en esa ciudad un músico famoso que daba conciertos en los grandes salones de esa metrópoli, y un día, pasando la esquina donde el niño tocaba su instrumento, se detuvo a escucharlo. Entonces le dijo: "H'jito: ¿de quién eres tú, y dónde vives?"
"Señor," contestó el niño, "yo no tengo ni hogar ni familia."
Tras un momento de reflexión, el músico le dijo: "¿Te gustaría venir a vivir conmigo? Yo te enseñaré todo lo que necesitas saber en cuanto a ese instrumento."
Y, levantando el niño su carita sucia, pero con los ojos chispeantes, le respondió: "Oh, señor, ¡cuánto me gustaría eso!"
Así fue que el gran músico le llevó a su casa, donde le hizo lavar y vestir, y luego le trató como a su propio hijo. Además, vertió en la mente y en el alma del niño cuanto sabía acerca del arte de tocar el violín.
Llegó por fin el día en que el joven discípulo del gran maestro había de estrenar públicamente su talento. Corría la voz entre la sociedad que un brillante prodigio infantil había de presentarse, y en la noche señalada el salón musical estaba repleto de gente.
Llegada la hora, hubo un silencio respetuoso y gran expectación. Finalmente el joven violinista se presentó en el escenario y comenzó a tocar. Tal música nunca se había oído, y al final de una pieza el auditorio expresó su entusiástico aprecio en una ovación estruendosa.
Pero el joven no parecía hacer caso de los aplausos, y con la vista levantada hacia arriba, siguió tocando. Esta actitud de no dejarse impresionar por la ovación los intrigó a todos, y finalmente uno dijo: "No entiendo por qué está tan insensible a este aplauso estruendoso. ¿Por qué está mirando siempre hacia arriba?"
Pero, levantándose éste, y cambiando de posición, halló la respuesta. Allí arriba en el balcón estaba el anciano maestro, mirando atentamente a su joven alumno y haciéndole señal de aprobación con la cabeza, como para decirle: "Estás haciendo muy bien, hijito; sigue tocando." Y con este aliciente el niño continuó a deleitar a todos con su música, pero sin preocuparse del auditorio. Lo único que le interesaba era el agradar a su maestro, a quien debía tanto.
Amiguito inconverso: ¿Has pensado que la historia de tu vida pudiera ser semejante a la del joven artista? El estado original de ese joven, cuando el gran maestro tuvo compasión de él, es ilustración de la condición espiritual de cada uno de nosotros antes de conocer al Salvador. Somos todos pecadores, y esto quiere decir que ante los ojos de Dios nuestro estado es triste y miserable. Pero lo maravilloso es que cuando estábamos perdidos en este estado lamentable, Jesús vino a salvarnos. Para eso murió, y ahora vive en el cielo para socorrer a todos los que confían en él y aceptan su amistad.
El es el gran Maestro que puede hacer que tu vida valga algo para Dios y para los hombres.
Y tú, joven creyente en el Señor Jesús, ¿no puedes decir también que debes todo a tu Maestro? El ha tenido misericordia de ti, y te ha colmado de bendiciones. También ha querido hacerte discípulo suyo, disciplinándote y enseñándote para hacerte digno de él. Por lo tanto, debes tener la vista siempre levantada hacia él, con el deseo de agradarle en todo cuanto haces. No te preocupes de los aplausos del mundo; debes preocuparte solamente de merecer la aprobación de tu divino Maestro.
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