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El regalo de Pascua
El alcalde [director] de una penitenciaría, creyente en el Señor Jesús, relata la siguiente e interesante historia.
Años atrás un preso llamado Tomás fue internado aquí, sentenciado a condena perpetua por asesinato. En su cara, con sus cicatrices y manchas de vicio, uno veía la vida de maldad que había llevado, y fue uno de los presos más rebeldes.
Cuando Tomás había estado aquí más o menos dos años, yo, contrario a mis deseos, tuve que trabajar en vísperas de la Pascua, en vez de estar con mi familia. Temprano en la mañana, estando aún oscuro, partí para la casa, mis brazos llenos de regalos para mi chica.
El frío de la calle me penetraba hasta los huesos, y abroché bien mi abrigo, pues corría un viento helado. Caminando rápido cerca de la muralla de la cárcel, me pareció que algo se movía en la sombra. Me detuve, y vi a una niñita con vestido delgado, zapatos muy gastados, y con un paquetico en la mano.
"¿Quién puede ser?" me pregunté, pero ansioso de llegar a casa, seguí andando. Luego sentí que alguien me seguía, y mirando hacia atrás, vi que era la misma niñita. "¿Qué quieres tú?" le pregunté.
"¿Es usted el alcalde de la cárcel, señor?"
"Sí, ¿quién eres tú? ¿Por qué no estas en tu hogar?"
"Perdóneme, señor, pero no tengo hogar. Mi mamá murió en el hospicio hace dos semanas, y ella me dijo poco antes de morir que papá está en esta cárcel. Se llama Tomás G ... ¿Me permite pasar a ver a mi papá? Quiero entregarle un regalito."
"No," le contesté ásperamente, "tendrás que esperar hasta el día de visitas," y eché a andar. Dí unos pocos pasos cuando sentí que me tiraba el abrigo, e insistente me rogaba, "Por favor, no se vaya."
Otra vez me paré, y miré con más detención la cara delgada que me suplicaba. Lágrimas llenaban sus ojos. "Oh, señor, si yo fuera su hijita, si la mamá de su hijita hubiese muerto en el hospicio, y el papá de ella estuviese en la cárcel, y ella no tuviese a dónde ir ni nadie que la quisiera ... ¿no cree usted que ella querría ver a su papá? Si su hijita viniera a mí y yo fuera el alcalde de la cárcel, ¿no cree usted que yo le diría que sí?"
No resistí más, pues ya se había formado un nudo en mi garganta. "Sí, hija, creo que lo haría; te voy a dejar pasar," y tomándole de la mano, me devolví.
Dentro de mi oficina la hice calentarse cerca de la estufa mientras el guarda buscaba al papá. Tan pronto llegó Tomás, se enojó, y con voz airada le dijo: "Elena, ¿qué haces tú aquí? Anda donde tu mamá."
"¡Oh, papá!" sollozaba ella, "mamá murió hace dos semanas en el hospicio. Me encargó que cuidara de Jaimito porque usted lo amaba mucho ... y que le dijera que ella le amaba a usted también ... pero papá ... Oh papá ... Jaimito murió la semana pasada, y estoy sola ... .y yo pensaba que como usted amaba tanto a Jaimito, querría tener este regalo."
Abrió el paquete que llevaba hasta encontrar un pedacito de papel de seda, y sacando un rizo rubio, lo colocó en la mano de su papá, diciendo, "Lo corté de su cabecita, papá, cuando lo iban a enterrar."
Tomás sollozaba como un niño, y yo también. El se agachó, y tomando a su hijita en sus brazos, la apretó contra su pecho, temblando de emoción. No pude ser testigo de una escena tan íntima, y me retiré. Cuando volví una hora más tarde, Tomás estaba sentado cerca del fuego con su niña en sus brazos. Me miró avergonzado y dijo: "Alcalde, no tengo plata, pero no deje que salga mi hija al frío en este vestido delgado. Déjeme cubrirla con esta chaqueta. Yo se la pago trabajando ... haré cualquier cosa," y se la sacó para pasarla a la niñita.
"No," le dije, "guárdala. Yo llevaré a tu chica donde mi esposa." "¡Dios le bendiga!" exclamó.
Cuidamos de la niña por varios años, y ella aceptó al Señor y fue salva. Su padre comprendió que era pecador, que iba camino del infierno, pero cuando supo que Dios le amaba y había dado a su único Hijo por él, se rindió al Señor, y también fue salvo. Yo le conseguí un indulto, y ahora vive con su hija cuyo regalo de Pascua le quebrantó el corazón.
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Creado el 10/08/02
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