Nubecilla

Nubecilla.Nubecilla fue un niño de la tribu de indios llamada los Navajo. Su familia vivía en una choza, pero muchas veces tenían que cambiarse de un lugar a otro en busca de pastos para sus ovejas y cabras. A pesar de tener sólo cinco años, Nubecilla cuidaba de un rebaño, y cuando le tocaba alejarse mucho de la casa, dormía junto a las ovejas. A veces no veía a su madre por varios días.

Cierto día, sintiendo deseos de explorar los grandes barrancos en la meseta donde se encontraba, se alejó del rebaño más de lo acostumbrado. Cuando el calor del mediodía le avisó que había llegado la hora de la siesta, los animales estaban lejos, escondidos tras un monte de piedra arenisca. Nubecilla se acostó a la sombra de un hueco en la quebrada.

Estaba muy cansado, y cuando despertó era tarde; el sol ya se ponía. Rápidamente trepó hasta la meseta. Buscó con la mirada sus ovejas. No estaban, ni una huella. No sentía ningún ruido ... estaba completamente solo, en una parte desconocida ... estaba perdido.

Tampoco sabía que aquella tarde su familia había debido abandonar su choza en busca de nuevos pastos. Su mamá le buscó mucho pero todo en vano, y sumamente preocupada, se fue con los demás, confiando que él estuviera adelante con otro rebaño.

Desesperado, el niño corrió a través del desierto, sin fijarse en los espinos y cactos que le clavaban. En vano llamaba a sus ovejas, y buscaba su choza. Por fin, rendido, se acurrucó en la arena, junto a una roca que aún retenía algo del calor del sol.

Cuando despertó con los primeros rayos del alba, su lengua estaba hinchada, y el hambre le recordaba el espanto del día anterior. Le dolían las piernas por las espinas, pero empezó a caminar. Tenía que encontrar su hogar, agua y alimento.

Luego el calor se hizo casi insoportable. ¡Agua ... agua ... tenía que encontrar agua! No se veía ninguna criatura, sino sólo encontrar agua! No se veía ninguna criatura, sino sólo un buitre que volaba, buscando comida. Descansó un rato en una cueva, pero la sed le obligó a seguir. El sol declinaba cuando sintió un ruido extraño por sobre su cabeza: el buitre ya no volaba solo, sino que lentamente se le acercaban muchos buitres.

No tenía fuerzas para caminar más. Se tumbó al lado de un barranco, y los buitres se posaron en el borde, seguros que al día siguiente sería premiada su paciencia.

Mientras Nubecilla yace inconsciente, una familia mejicana viene viajando por el desierto. Está empezando a aclarar, y el padre, José, se fija en una cantidad de buitres congregados en un alto. Intrigado por saber qué animal les atrae, dirige su caballo hacia el barranco. De repente se da cuenta que es el cuerpo de un niño pequeño. En el momento en que una de las aves de rapiña comienza su descenso, José, con un grito, salta de su caballo y recoge en sus brazos a Nubecilla.

Presuroso llevó al pequeño a su esposa, María. Con mucha ternura lo colocaron a la sombra de un árbol, y le hicieron tomar unas gotas de agua. Muchas veces temieron que moría, pero poco a poco empezó a revivir, y al caer la noche ya podía tragar unas cucharadas de sopa. La cariñosa mujer se amaneció con él, dándole agua, y tranquilizándole cuando se despertaba aterrado, creyéndose todavía perdido.

Con frazadas y ramas, le hicieron una litera, colocándola en uno de los animales, y después de tres días de viaje, llegaron a la casa de José y María. Tras muchas semanas de tierno cuidado, Nubecilla mejoró, pero fue como un resucitado de entre los muertos. No recordaba su nombre, ni su vida anterior, tampoco lo que había pasado cuando se perdió. José y María lo hicieron hijo de ellos, llamándole Juan, y lo amaron tanto como si en verdad hubiese sido de ellos.

En esta historia, niños, vemos un pequeño cuadro de lo que Dios hace a cada uno de los que acuden a él para la salvación. Están ustedes perdidos en sus pecados, y al igual que Nubecilla, a punto de morir, pero Jesús vino a buscar y a salvarles. El quiere rescatarles, cuidar de ustedes, darles un nombre nuevo, haciéndoles hijos de él y en su venida llevarles a la casa de su Padre Celestial. Entréguense en las manos cariñosas del Salvador.


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